Claudia Meyer

 

Antología poética

 
 
Memorias de infancia
 
Sucede que a veces
ella tiene un ángel seco para adorar a la tristeza:
la veo infinita,
enamorando cedros para sus ojos de pájaro
y acunando trigales en sus cabellos.
Sucede que a veces
ella despierta los ecos
y les hace parir voces melancólicas:
abren sus alas de viento
y se alimentan del surco de arena que se dilata por sus labios.
Y puedo verte,
en las noches tapizadas de luciérnagas,
mientras endulzas
sombras de duendes y castillos encantados:
ahora merodeo como un gigante,
sobrado de cenizos cielos,
siendo infante que devora pedacitos de recuerdo.
Sucede Madre
que ahora tengo las manos llenas
de este sabor a niebla que va oxidando tu arcilla,
y así, detrás del agua que apaga tu sonrisa,
del tiempo urbanizado por los recuerdos,
hay tantos rocíos que bañan la ausencia,
tantas caricias mimadas por la nostalgia, y tantas cosas,
que el recuerdo de una sonrisa tuya
basta para no olvidarlas.
 
 
 
Oceánica
"… mi única patria, la mar".
José de Espronceda.
 
Necesito un oleaje donde enterrar un sentimiento furtivo.
Una ola de música sonrojada que deje escribirse un silencio.
Ahora soy de nuevo agua:
salobre alegría tatuada sobre tu beso.
Calla de pronto el azul líquido:
Se pobló de soledad
y  pasea su lengua marina por entre los huesos.
Preciso de una ola donde rasgar una infancia caduca.
Una ola turbulenta que deje arrullarse una nostalgia.
Para viajar este mar no necesita marea,
avanza sigiloso trazando caricias azules,
besando la espuma en un infinito compás de espera.
Ahora deseo dormir
pero se crispa el sueño como un dolor enroscado,
se lo devora la arena mientras lapida
los híbridos gestos de tu ausencia.
Necesito una tan sola ola que desee mecerse sobre tu aroma.
Una ola que añore el zarpazo de tu evocación.
Entre el mar y el cielo la noche fue oprimiendo la playa,
vislumbrando un quejido de la memoria
y un omnipresente latido de un sentimiento.
Súbitamente esto soy  ante tu color de puerto:
palabra náufraga que persigue el solitario ocaso de tu recuerdo.
Retorno a este mar al crepúsculo de una fábula.
Mi sombra se detiene sobre su espuma
y se posa en la arena sumida en un yodado letargo.
Mi corazón gotea caracolas de melancolía:
agoniza sobre la sábana líquida del océano.

 
 
Variaciones sobre un mismo tema
Yo vivo en mi propia ausencia, ausencia solo mía,
nadie tiene cabida en ella”.
Marcela Serrano
 
Vida inerte que se desliza por mis huesos,
donde mi llanto desnudo es castrado de consuelo,
ante la quimera de ser la heredera
de tu pecho desnudo y tus ojos negros.
Vivo porque me abraso,
porque anhelo vivir, porque deseo morir
y tatuar con lágrimas tu silencio.
Déjame ser sombra que nazca sobre tu boca:
lentamente y paso a paso
como un incendio de mariposas.
Déjame ser sombra y me posaré en tu letargo:
hambrienta de la espera y rígida del cansancio.
Seré sombra muda, anónima,
soledad y vacío que carcome los huesos,
vena herida que ate con sangre el otoño de tus cabellos.
Déjame ser tú, tu savia,
río con emoción de tormenta que se dispersa.
Que sean tus labios sangre en puntillas,
primavera que muere o sueña,
endiablada miel volcada sobre mi marea.
Perversa, suave y triste boca-amapola
que de mi sombra da caza,
que desayuna de madrugada mi corazón.
 
 

 

Vacío
 
Mis ojos se posan
en la estela disfrazada de ausencia
y siendo sangre anónima
reventará soledad como mariposa de sombra.
Su lluvia alertará mi espera
donde se asfixia la pupila que no conoces,
húmeda, virgen,
igual que el placer donde habrán de exiliarnos.
 
Sucede que ahora añoro tatuar el silencio
que te menstruó la pureza,
pureza vestida de noche suicida,
de beso pensativo,
de sueño coagulado.
Su estallido humano callará mis fantasmas;
saciará de voces desnudas al instinto.
Y sobre tu sexo de miel desbocada
parirá estrellas sobre lo que fue:
simplemente, un vago recuerdo.
 
 
 
 
Vuelo final I
"Todo es sangre o amor o latido o existencia"
Vicente Aleixandre
 
 
Abrir ahora el cielo todo.
Hoy a la quejumbrosa brisa voy a decir:
amor es humedad y sollozos...
humedad disfrazada de ausencia,
sollozo ausente de consuelo.
Hecha de nuevo patria nocturna,
hecha bocanada de pájaro,
tengo el corazón opaco de raíces
y  tengo mi vuelo rodando
en esta vorágine de recuerdos.
 
Inútil es tener los labios henchidos de estrellas,
dormir con la luna inerte dentro de los huesos:
quimérico es ya desear pescar el viento,
estéril es ahora el batir del plumón
que abriga a esta soledad que desconozco.
 
Aquí, hecha del silencio vagabunda morada,
todavía consigo evocar tu pensamiento:
perenne tristeza que me envía su saludo lastimero.
Acaso la nostalgia esté venciendo
(para deshojar los labios, para esconder la sangre)
tal vez se ha sumado a este viaje
y va dejando estela,
haciéndose gris,
y dejando eco.
 
Qué gélido vacío aspiro
en este vuelo desplegado como farola.
Qué congoja la de estas alas abiertas al horizonte.
El amanecer se descuelga sobre tu sombra ausente:
arriba la certeza de saber que muy pronto
he de aprender a sollozar en tierra.
 
 
 
 
 
Vuelo final II     
 
No eres tú muerte,
orquídea de pétalos destronados,
la que el condenado a praderas
lleva entre los ojos ausentes:
es un triste vuelo de ala truncada,
un beso de piedra vacío de viajeros
o el frío azul que se olvidó en el vientre.
Puse la frente en tu espuma profana
y atravesó el granizo mi máscara férrea;
sin campanas,
            sin insectos,
                               sin alma,
sola fui lo que no pudo renacer:
una nueva patria del silencio.
 
 
 
Corpus  nocturno
Ya lo he dicho. No duerme nadie”
Federico García Lorca
 
Soy yo ante tu color de puerto:
rodeada de gemidos sin voz,
de pesados suspiros
envueltos en sacrificio.
Bajo mis sábanas esos ríos heridos
pasan cargando risas huracanadas,
nidos de orquídeas desnudas de sangre.
Y el espanto cuelga del aire:
se esconde de la vena enlutada
que se profana en llanto.
Porque solo una vez
   llega el corazón opaco en sus raíces,
      llega el polvo con los ojos desabrochados,
           llega un verso sumergido en sus noches de histeria,
                llega un día desnudo de silencio,
                       llegan las sombras con traje estrellado,
                      y los huesos llegan castrados de protesta.
Ahora quiero dormir
pero se crispa el dolor como un sueño enroscado:
se lo devora la hora
y esta frente hilada con ceniza y mortaja.
Esto soy ante tu color de puerto,
          ante tu trébol fatigado,
                       ante el llanto de hojas secas,
                                ante tu voz de sexo ahogado.
Y a tu congoja,
a tu aceite de noche detenme
para hacer sal de la pureza
mientras dormimos,
                                 agonizamos,
                                                                         y callamos.

 

 
 

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