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- Líneas para un autorretrato
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- Júbilo
destrozado en bemoles,
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fotografía adornada de recuerdos,
- frases
monótonas de sonidos domésticos.
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- Un
violín con el alma rota,
- un
grito diluido en la luz dolorosa del silencio,
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lágrima de cocodrilo durmiente,
-
barco ebrio, perdido, solo.
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- Me
caigo a cada rato con un soplo de viento,
-
converso con los muertos
- y
aprendo a pronunciar sus melodías.
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-
Espectro que tiembla,
- gota
de fuego,
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inconforme como el viento,
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prejuicio de puercoespín,
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cementerio de cumpleaños,
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callejón dormido
- y
polvo del ayer,
- sin
quererlo
-
he sido.
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- Carta
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- Desde
luego
- ya
habrás afilado el odio y anudado la soga
-
y cuántos recuerdos y páginas imagino
que rompiste.
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- Ya
habrás caminado mucho
-
y seguramente será lunes para cuando
leas la presente
-
después de abrir la ventana
- desde
donde día a día
- puedes
ver a los ricos divertidos de golf.
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- Pero
déjame decirte
- que en
realidad es miércoles en Tegucigalpa
- y
vuelvo a caminar por las avenidas,
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por las orillas de las aceras que
engordan de tráfico,
- por
los hospitales y las librerías
- donde
encuentro cierta gente que parece huir de sí
-
[misma.
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- El
cielo se abre como una herida,
- a mis
espaldas ruge la lluvia
- y
mientras camino
-
escribo en mi interior esta carta que
nunca llegará.
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- Dime
- dónde
estarás, enemiga,
- ahora
que quiero consolar el súbito llanto
- que
vierte tu cólera frente al mar,
- ahora
que quiero asirte y arrancarte los pétalos
- y
amarte a fuego lento
- hasta
ver
- tu
cuerpo de barro
-
quemado
- como
una vasija que no soporta las sombras de su
-
[interior
- y se
rompe con el mismo dolor que nos une.
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- Víspera
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Duermes como la noche,
- como
los dioses
- que
llenaron al mundo de barro y almizcle.
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- Tu
sangre, tu pequeña fuerza oscura,
- es un
puño cerrado,
- la
mano que toca la luz de la ventana,
- es la
música del agua límpida que duerme como una
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[laguna:
- la
dignidad de todos,
- el
llanto silencioso de una mujer
- que
sueña entre las tristes latitudes.
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- Hija,
- pronto
abrirás los bracitos
- y
pronunciarás mi nombre.
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Infancia
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(fragmento)
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Hay una pradera de sangre en las
calles.
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Me parece que el sol no soporta el
dolor de mi infierno.
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Regreso con mi sombra a cuestas, y el
beso –la música-, la alegría de una cola se abalanza en un abrazo. Mi
perro, cabizbajo, tiene los ojos más humanos del mundo, y no me digo
cómo es posible.
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La maldad, en cambio, notable como un
cerdo lleno de diamantes, no tiene cuerpo ni edad, sale de todas partes
y camina de la mano de gente que conozco.
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Entro. Y caigo, doblegado al triste
silencio de un soldadito sometido a lo inmóvil.
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Veo duros huesos que se reparten entre
los lobos y las ovejas, hay aguijones penetrantes y frutas que segregan
bilis.
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Las ratas, ennoblecidas, huyen en
desbandadas. Sufro porque los ojos de mi perro me piden un abrazo.
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Por cierto que el odio no tiene
nombre, ¡y hay tanta gente dispuesta a lanzar la primera piedra!
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- Llanto alrededor
- Para Roberto Sosa
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- Dejadme
llorar
- orillas
del mar.
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GÓNGORA
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- Como
un enfermo de encierro,
- como
suele brotar la sangre de la herida,
- con
necesidad de respirar,
- tragar
un día dulce con la boca amarga,
-
abandonar la ruina,
-
arrancar del cuerpo mis siete trajes oscuros,
- las
corbatas,
- las
sucias camisas repetidas sobre las perchas.
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-
Desnudo, sudando el veneno de ciertos sueños,
-
asumo la realidad igual que un
condenado:
- yo
vengo de una enredadera de gritos
- que
quieren salir y desentrañarme.
-
- Veo
muertes que son el paisaje cotidiano,
-
hay sustancias de efecto lento y de
color alucinante,
-
hay monedas en el fondo de las tazas
que sirvieron el café
-
[de la mañana,
-
hay mujeres pariendo en las esquinas
de los hospitales,
-
hay llantos de niños y quirófanos
abandonados en las calles.
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- Como
un virus
- la
maldad y la roña se expanden,
- la
sombra crece bajo el árbol podrido.
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- La
muerte sacude el polvo
- y el
odio se establece en las esquinas, al acecho,
-
como los pordioseros que esperan el
rojo de los semáforos.
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- Mis
ojos abiertos o cerrados
- no
encuentran un rincón tranquilo,
-
no queda piedra sobre piedra en el
mundo que respiro.
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- Que me
dejen solo, por favor.
-
No hace falta decir que voy a llorar.
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- Pronóstico
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- Me voy
a sentar.
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Silenciosamente
-
alguien me acerca una silla o una cama,
- igual
que puede acercarme un ataúd.
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- El
tiempo
- ya no
es un niño que corre
- sino
el terrible examinador de la vida:
- ahora cruzo la calle y pienso a
cuánto equivale un
-
[tropiezo.
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Procuro no mirar hacia atrás cuando doblo una
-
[esquina,
- y al
levantarme de mi sitio
-
no sé si he dejado en la pared una
parte de mi sombra.
-
- ¡La
tristeza de observar la soledad
- a
través de una ventana me hace sufrir a gritos!
-
- Voy a
sentarme a contemplar el horizonte
- hasta
ver un puntito que viene a mí
- y
adquiere el rostro pálido de la Muerte.
-
Alguien me dice que no hay más
esperanza que esa.
- (Y yo
le sonrío.)
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- Oración
-
- Dime
por qué me parece
-
que tenemos un futuro cercado por
todos los puntos,
- por
qué para sentirnos vivos
-
debemos tocar las heridas
-
como si fueran las notas dilatadas de
un piano
-
[quejumbroso.
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- ¡Las
veces que he visto llorar
- a una madre sobornada!
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- Somos
los niños arropados de pies a cabeza,
-
horrorizados por la oscuridad
- de un
mundo
- que se
abre y se cierra como un párpado.
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- Y el
ojo de la muerte,
- a
pesar de su mirada de águila
- y su
efecto de mordedura de serpiente,
- padece
de indiferencia.
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- Dime
por qué caminamos
- tanto,
tanto, tanto,
- y
nunca estamos lejos,
- por
qué nos dejaron solos,
- frente
a una puerta o sobre un río,
-
abandonados,
- a ver
qué hacíamos
- y
hasta dónde llegábamos.
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- La casa del llanto
-
- ¡Qué
silencio!
- Hay
una fragancia de violetas
- que
abre las puertas y atraviesa las ventanas.
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- Afuera
- la
muerte engaña
- con
sus ademanes disfrazados de días.
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-
En casa sólo quedan pasillos poblados de insultos,
-
miradas que tildan,
- voces
que empujan hacia el abismo.
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- Tengo
una fatiga de ser tan dolorosa,
- un
grito de sangre que quiero libertar
- porque
no puedo romper la lentitud de los relojes
- ni
destrozar los cristales
- que me
protegen con la espada del odio.
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Desacostumbrado
- a
viejos rencores, a nuevas culpas,
- a
experiencias tempranas en las cosas tardías,
- a que
nadie comprenda mi vergüenza.
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(Afuera
-
Tegucigalpa es un concierto de piedras
y ventanas.)
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- Yo
sobrevivo ante mis privilegios
- (a
solas maldigo a la gente que me rodea
- y
escribo cartas para romperlas):
- bebo
seis vasos de agua,
- como
dos o tres veces al día,
- duermo
sin sueño,
- tengo
un lugar dispuesto a mi cansancio,
- hago
felizmente el amor como un inválido
-
y tengo las respuestas para todas las
cosas difíciles,
- pero
nunca encuentro esa palabra corta,
-
ese lenguaje claro, la bandera de luz
que hace falta.
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- Sólo
quiero salir,
-
deshabitar este cuerpo
- sin
fuerzas para soportar la llegada de diciembre.
-
- Quiero
dejar, pues, en las paredes de la casa,
- mis
lágrimas, mi color marchito,
-
mancharlas de mi ruina,
- para
que lloren y quieran derrumbarse de tristeza.
-
-
¿Y quién no querrá derrumbarse!
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-
La muerte
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-
Para Eduardo Bähr
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-
Bajo cualquier pretexto
-
la vida es un funeral permanente,
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un círculo donde aprendemos a ser y a sufrir
-
de igual manera
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y vivimos
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con el ridículo temor a equivocarnos.
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Sin embargo
-
sabemos
-
que acertar
-
es sólo la idea de un disparo
-
atravesando lentamente el túnel de la memoria
-
y que somos las marionetas
-
que ensayan infinitas caídas y sucesiones,
-
precipitadas
-
hacia donde la Muerte yace, endiosada, sobre su
-
[trono
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y se multiplica como una peste inexorable.
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-
Por eso
-
resolví
-
comenzar a cavar mi tumba,
-
en silencio,
-
para que nadie me moleste,
-
para que la hipocresía no me encuentre con los ojos
-
[cerrados
-
ni me diga que descanse en paz,
-
para que únicamente yo
-
venga a visitarme, a regalarme flores, a llorar
-
o a morirme
-
de risa.
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-
- La tempestad
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- Es
profunda la noche,
- no
queda una gota de sol.
-
- No
puedo sacarme del corazón el fuego de la
-
[Ciudad Doliente,
- afirmo
silencios sobre el desconsuelo,
-
le arranco a la tierra un pedazo de
piel que empuño con
-
[dolor.
-
- De pronto
- que la noche inmensa cae encima de
mi vida.
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- En la
tierra
- quedan
las brasas, esas frutas que el aire deja caer
- como
la esperanza de un enfermo,
- quedan
los escombros,
- la
vida que quise alzar
- para
que el viento se llevara mi polvo.
-
- La
maldad no es sólo un animal sediento,
- ni un
perro que devora miembros…
-
- En
medio, el camino es angosto
- y de
nada sirve el regreso;
- se
pudrieron las frutas,
- y aquí
la noche y la palabra ausencia
- tienen
un sonido silencioso,
- como
de viento contra velas,
- como
un mar de otoño en las puertas del olvido.
-
- Todo
lo que antes parecía cielo,
- ahora
es una grieta que de un bostezo
-
se traga a la tierra entera.
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