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- Peces
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Para Vilma y su paladeo, ubicuo y permanente.
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- Dónde
romperán el espinazo esos peces sobre el lago de la luz bullente; y
flotan rutilantes. Casi invisibles, casi incoloros, pero vivos; casi
cardumen y silencio; casi, casi deseos para devolverlos con el misterio
bucólico de sus ojos. Esa fue la infancia, un barrio iridiscente, una
escuela bajo tutelares santos, un resoplido de mar con vientos entrando
y saliendo, yendo o volviéndose por las apariciones del recuerdo; como
una procesión de parques y glorietas, callejuelas del instante. Una
procesión de almas, casi moribundas, va otra vez niña sobre los
pedruscos, con uniforme de escuela por las calles de una ciudad
iridiscente. Va a los pavores de la sangre, bajo las acacias; bajo los
rojizos resplandores de la esperanza. Ahora vuelven nuestros peces
aleteando con escamas del poema y mar donde irrumpe la belleza; vuelven
a los aposentos, como llaves a los pasadizos con espíritus de
cementerios y arcos pintados por la cal del tiempo. Los mismos peces
tiemblan en sus manos, se hacen deseos; dejan de ser piedra, bocetos del
recuerdo; dejan intacta la memoria antes de saltar al agua con la
algarabía urbana de su montaña enamorada con el hilo verde de la
tarde.
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Canción de amor que por
olvido siempre se recuerda
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El pasado y su sombra
errante andan conmigo: juntura, amorío de los huesos abuelos, amistad
hermética de los genes, la espléndida cuna del alba; y abre
calcinaciones la ventana si me atrapa el aire o recoge, con luz de
oración y luna, pelambres de gatos que lanzan al cielo aullidos de
demonios para que se pueble de rayos el mundo y el insomnio. Me empuja
el miedo a ser otro, a la amenaza que se sufre al no recordar de qué
naturaleza fueron la resurrección y el recuerdo con arroyos en la
memoria, y los torrentes sufribles que precipitan el invierno; baja del
cielo mi fe por el humo de los cocineros, por el incienso alegre de los
padrenuestros, por la almohada y un sueño de viejos párvulos, tras la
multitud del relámpago que enciende los candiles para ver la plenitud de
un cuerpo desnudo a media noche, y oír la canción de amor que por olvido
siempre se recuerda.
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Mientras el poeta rompe los ventanales de su lujuria
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¡Por Dios!, cuánto
envidio al poeta Andrew Marvell en su deseo irrefrenable sacado del
pulso victorioso de la carne para que la amada se entregue con los
deseos forzados; y vivo el placer que le dio camino a la sangre para
tocarla “a través de las férreas puertas de la vida”. Y así que se quede
mudo el oráculo del tedio bajo el sol que correrá raudamente sin aldabas
de luz, que el mundo destraba a sabiendas de que el “carro alado del
tiempo” corre a su espalda. Impávida es la belleza en su persistencia,
en la lozana eternidad de la entrega para que no haya tumba con la losa
huesuda, en esa quietud de mujer que tal vez no ame y tirará su
virginidad a los gusanos con honor de la tierra en el olvido, mientras
el poeta rompe los ventanales de su lujuria para verle los pechos
rosados, entrando al sepulcro, como dos demonios heridos por esa elegía
inusitada que lo acompañará toda su vida.
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En el
centro de una diapositiva
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I
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El silencio ofende con
brillo de una diapositiva. El vidrio y la mancha incómoda, la colina
atizonada y la mañana de los clarineros. La memoria ronda espíritus que
habitan la casa esclerótica: aquí hubo soberbia y piedad de taburete
retostado; hubo oficio que imitábamos en la resequedad de abril con
peregrinación inesperada y una estación que provocó sabidurías en la
Masaya de los osarios.
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II
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Aquí el epitafio se
lamenta de su sepultura; aquí nuestra juventud y los autorretratos de
una diapositiva son la urbanización y los fémures que esquivan la
soledad porque no conocieron nuestra algarabía.
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Rito y virgen
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- Su
corazón late con hambre de pubis en mi ojo; late con gato pardo que
densamente resbala a las terrazas de Aserrí, para encontrarse con una
leyenda. Así abre la ventana y la oprime el cautiverio con retrato
repentino, con refrigerador y cocina desordenada, o el lejano graznido
que le demuestra la geografía del torbellino mientras resbala su blusa,
con mordida de tigre, hasta el muslo; entonces, descubre la felicidad
empozada en el estómago y el beso con un “te espero en la cama” para
estrenar los asombros, o escuchar boleros de Leo Marini con mesa y vela,
o edredón de alcoba para alegrar la pelvis que Safo describiría con
tenue danza y eternidad de vírgenes consagradas.
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Alberti en mi sueño
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Su risa fue abrazo
mediterráneo, fue el tejido de un golondrinaje y balcones. Desperté del
olor calcáreo y me posicioné del mar, de los islotes con mis manos
abandonando la sal viva. Era carcajada y vela la playa del poeta; era un
oficio tropical y la plenitud con arboleda hortelana de canas atigradas,
era un rizado en altamar y el rescoldo azul del verano. Tocó tierra con
su pasión y náufragos encantados --esbozado el apenas y la risa
caminante de la mañana--. Fue hondo el golpe de sus remos rotos por los
litorales y, únicamente, la prisa de quedarse vivo con urdimbre de
arrecifes y metáforas urbanas: fue la mano del mundo, tallada por los
orfebres del sueño y las vihuelas matinales. Entonces caldeaba olor en
pleamar, con muelle mágico y oleaje de poemas; así revivió el poeta para
reconocer su sed, encima del túmulo gutural de la ola, con cielo rojo,
ira voraz y la pena sin penas, o los pezones de nuestras lagunas con
sirenas.
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El ruiseñor
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Al poeta lo soñó el
ruiseñor con ventana y espíritus, con el ala selvática pregonada desde
la Torre de la Merced y su León colonial con don José Coronel Urtecho y
Ernesto Cardenal de la vanguardia que se prestaron las casonas de la
rebeldía. El pájaro alto y alado encontró cielo con destello del gorjeo;
encontró memorias y pobló insomnios con huertas bronceadas. Así
tronaba su tambor profano con cal y piedra de ecos iletrados: fue una
voz breve y alta, la metafísica del trópico: esto nos recuerda la
caricia celeste de sus poemas. Fue y será la fe del mundo por la poesía;
estará acompañado con la peregrinación perenne de Rubén Darío. Fue y
será la chispa de nuestros amaneceres, el sueño que vio alondras o
poseyó el aire con séquito de pléyades, rozando la celda del misterio
con locura e ingenio, y un espíritu indómito de Alfonso Cortés, el
asombrado, en una locura de cuatro paredes.
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El garrobo
- "Y el soñador
y el sol, predestinados
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por tanto hallazgo,"
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Jorge Guillén
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Tiembla el verano. La
piedra volcánica y la soledad soportan un sopor de asombros. El aire
tiene alma, sube verde en visión al mediodía; los troncos tejen nudos
con el tiempo. El arroyo del Cailagua desborda en recuerdos, con sed de
espíritus; y el güis evoca tristeza en sus alas. Las indias bajan al
círculo, se persignan, van desnudas, con ardor en los pubis; esperan la
muerte del recuerdo pero se arrepienten: ven la brujería del silencio.
Los indios abren tumbas y vuelven a su soledad de albas. El garrobo
custodia los misterios con poder de resolana; su cabeza guarda el
destello, guarda detalles, huele en el aire las almendras, y sube a la
rama calcinada para poseer a la iguana desde el espinazo al asombro.
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- Epitafio
para José Coronel Urtecho
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Morir y recordar
son riachuelos detenidos en la tierra; son la losa del tiempo y ya está
dicho: agua mansa con escamas, plata nerviosa en el reverbero del
follaje, lavanderas sin sostenes: San Juan de la Cruz entreve sombra y
nubes descendidas hasta el puerto de San Carlos al mediodía. Son las
tentaciones del agua y el susurrarle al río San Juan las penas de la
fortuna; entonces, repentino empieza el nuevo poema, con pipa y tabaco
que envían señales a la María Kautz quien custodia las cornisas del
cielo cuando la mañana baja a organizar el rumor del café, la cocina con
tortilla de maíz, gallo pinto y picadillos. Los ojos del Güegüense y su
chinfonía paladean copita de miel de palo, cususa mareadora y en la
antología, con los dedos ensalivados, pone señas a los mejores poemas de
los poetas norteamericanos. El soneto carnal, olor a matas de rosas y
rimas en cadena destraban la lengua del Tío Coyote y Tío Conejo para que
don Rubén Darío conozca pangas, racimos de cangrejos y mojarras fritas
con las sartenes de las memoria. Don José aspira viento oloroso a
azucenas, y sincero lee versos de la biografía de su mujer que rugió al
amor como leona; o saltó la cuerda de la felicidad para que el poeta se
sentara a escribir poemas que se deshijaron en la Vanguardia. Al
despedirse guardó el tabaco, apoyó su bastón sobre la tierra, restregó
agua y jaboncillo al cuello del vestido de la Emily Dickinson donde dejó
la pluma anidada y una esbelta garza de Solentiname mientras atento y
sobresaltado Ernesto Cardenal descubre milagros sobre un árbol de cortés
y la comunión liberadora del lago con el cielo. Desde la orilla de la
playa habla Granada con el muelle; habla el campanario repleto de
palomas, con cañones que nadie recuerda cuándo se dispararon, con
glorieta solar y Joaquín Pasos o Manolo Cuadra remodelando sus poemas...
La ciudad de beatas, sus destinos indescifrables, el sol encumbrado en
los salones coloniales, la ciudad que duerme esquivando poemas del
Coronel Urtecho, su golpe azul de campanas, la resurrección del barco
negro y los tiburones del lago. Un itinerario intacto, las
conversaciones con poetas jóvenes en su casa o Managua, el ramillete, la
llave y ganzúas de posibilidades en la poesía, el duendecillo del verso
en la punta de la lengua, los hijos, los nietos y tataranietos del
maestro esperando el próximo poema, un Mejía Sánchez desembuchando su
tigre en Masaya, o Martínez Rivas en exacta rebeldía, y Azarías Pallais
discutiéndole que contra el calor basta y sobra con quitarse la sotana;
también el loco Cortés murmura insomnios divinos, y las iras con astros
y espíritus, y aparece Pablo Antonio Cuadra con el idioma del alma, o
Ernesto Cardenal que estando en Nicaragua habla de las constelaciones.
El poeta tiene manos tibias y Dios sopla salmos a su oído; el poeta
responde con interioridades: todo está listo, pues después de tantas
vueltas, recovecos y revueltas el dolor y la alegría nos dan a vida, o
no son más que un portazo esperando en el cementerio.
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Mujer con gato
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Abrió las ventanas como
si rompiera una torre y vislumbró tras la cortina al animal entre mis
manos. Yo conocí de sus delirios un día de gatos. Ella perseguía y
poseyó al felino, porque no controlaba su acechanza inamovible; porque
se quedó viéndolo como invocándome en esos ojos, en la fijeza apacible y
fascinante, en el amuleto, en el vidriado silencio ocular que juzga
inexorable el desorden del corazón y las confesiones. Meloso el animal
arqueaba su espinazo, quemaba su piel con la uña de mi pata. La invasión
de la luz ardió en su pelambre, y el gato gruñía para seducir con los
demonios. Había secretos en la frente atormentada de la muchacha; el
felino lo supo (y le condescendía); pero no osó exponer su poder de
mirarla a los ojos. Cada uno reinaba en lo suyo: el amor, la sumisión, o
sucumbían. Habían pactado la noche del aposento vacío cuando él alzó la
cabeza y sus colmillos hasta el vaso de agua donde bebieron del amanecer
para conjurar la tiniebla. El maleficio fue para que yo maullara cada
vez que me arañara el recuerdo y, bajo la luna, mirara nuestras dos
pardas siluetas.
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-
- Con
oficio de mis relojes
-
- I
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Aparece el redondo estremecimiento que instala en el aposento el humus
seco de los relojes; jala el bochorno de los anteojos con restos de
plumas estridentes en los nidos de los sinsontes que horadan medidores
del alumbrado público; penetra con atosigamiento de polvo mientras
defecan los gatos la peste de la maledicencia y la poca fe en las ideas
sesgadas con billeteras y pedazos de ventanas góticas sutilmente
imaginadas, pues secreta humedad el vendaval de los arco iris
apaciguados por la rebeldía de los ojos.
-
- II
-
Aparece el día y me estremece su altar de termitas que huyen por el
fantasma del alcanfor; y alza su voz el campanario que derrite el eco
envasado con botellas sin códigos ni naufragios en un mar aplanado, casi
de cementerio, en que los gallinazos reinan con ese ojo siniestro de no
compartir los despojos. Entonces las escaleras rompen las vértebras
ilatorias y cae la fe hasta el más profundo misterio, o avanzan en punta
las agujas que se oxidan con el oficio de mis relojes.
-
-
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-
Hijo de la palabra
-
-
Mejía Sánchez
miraba "un tigre" en los ojos, y abrió zarpas para el amor al hundirlas
contra su propia memoria. Un animal de rarezas, acostumbrado a perseguir
y ser perseguido hasta donde se pierde la medida de nuestro miedo. El
descubrir nuestro felino es oficio para el ojo que enceguece la vida, o
se hiere con el tajo de las navajas, cuando nos vence la muerte sin
acabar el poema. Ojos para qué los quiero, digo: !Tigres! Siempre espero
la cacería y cazo siendo atrapado al dudar si la noche es el día o lo
que me permite hablar de zarpas en la vida. El misterio y el alma, las
rayas que nos evocan a los padres, digo: hijos de la palabra salen
palabra, hasta descubrir el abismo que nos intriga o ascienden como de
la nada. Aquí estamos, poeta Mejía Sánchez, reuniendo silencios y
reagrupando, con la lengua que continúa, el pedazo de nuestro caos.
-
-
-
-
-
Apología del búho
-
-
En mis manos palpo una y
otra redondez; toco el trajín de luz y la tiniebla. El animal de los
sueños bajó del cielo. Una elegía roza las garras del búho que llegó a
mi ventana; mientras con la otra canción sin destino nace y muere, y
descubre su ojo de luna en el amanecer de las tentaciones. El poema es
epitafio y la agonía. ¿Cuántos nacieron o murieron en el vuelo sincero
con dolor de pubis amándoles la espalda? Quiero a este animal como a la
ciudad que me levantó del alba, o al demonio que sepultó su vuelo con la
ceniza de los escombros. Odio a este animal, su guerra que no cesa y la
ruina, o la ruz que arrancó astillas y marcó uno a uno mis poemas.
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- Controles migratorios
multinacionales
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- Desde
las gradas del desasociego el mundo es un trozo de vidrio molido para
ahogar a los desahuciados, un monitor libre de los impagables minutos
para leer poesía en los textos electrónicos; desde la grada del templo
de Magdalena en Masaya la vida parece una broma mal remunerada; parece
un pedazo de sombrero inacabado, un zapato en la nariz plástica de la
modelo implantada para las revistas mundializadas, y el coffe macker
compite con los cocineros y las ficciones del salario, mientras un no
poderme colocar los anteojos impone la ceguera de las pesquisas en los
ofensivos retenes, en que la esperanza muestra tarjeta de desplazado por
las fronteras del mundo donde primero es terrorista quien tiene estatus
de pobre.
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-
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Memoria
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- I
- Las
piedras son olvido y tiestos triturados; fueron nostálgicos espíritus
que flotaban como murciélagos, cuando se debatían en la penumbra para no
aparecer tristes ni desolados. El azar rompió los cuencos en que el agua
del indio se la bebió el tiempo. El cielo sirvió de epitalamio a la flor
de palo, al color albo que bajó desde la luna con magisterio y danza
negra de las iluminaciones tribales. Las indias, para mirarla, se
desnudaban los pechos y la flor descendió hasta su vientre para que los
hombres, encima de sus muslos, marcaran los deseos con saliva y
descendencia profana.
-
-
- II
- En el
trozo de arcilla un ojo de pájaro guerrero daba vueltas a la rueda del
jade y los recuerdos; llegó un olor a licor de maíz, una caída de tierra
sobre los muertos quienes mudos reían tras la máscara de jícaro;
-
-
- III
- y
siguieron llegando sombras al hallazgo para reconocer el desatino y sus
rostros, o quizá postergar la redondez solar en el misterio. Oí voces,
hasta formar collares de secretos viejos que medían la memoria a las
fosas.
-
-
- IV
- Frente
a los volcanes Masaya y Santiago, vibraba una vitrina de tesoros
artesanos; un júbilo de trípodes de San Juan de Oriente relumbraba con
etiqueta de precios: y no era la muerte del oro para desheredar el reino
aborigen... Quien los compraba pagó con tarjeta de crédito... así
recreaba el mundo globalizado con calculadora y una decorativa
conciencia en los ojos.
-
-
-
Elegía para el aire de
Joaquín Pasos
-
-
I
-
El aire que nos queda
vamos a guardarlo entre líneas y las manos con tierra amada, con
distancia y desnudez donde asoma el sueño. Tal vez, si sobrevive la
ilusión de entrar de nuevo la casa paterna, busquemos el fulgor de la
infancia, y sintamos que al balancear la silla de palo reagrupamos los
desechos del alma.
-
-
-
II
-
Habrá habitación llena
de luz esperándonos. Al amanecer, lanzaremos nuestro pecado con la culpa
apelmazada, y se hará calle: la palabra abrirá palabras, por habernos
quedado dormidos mientras el aire daba manotazos y se moría; o llegaba
con la lluvia y los raudales que nos recordaron la pecaminosa selva
donde deseamos ser la balsa de agua que nos relee la memoria, o concede
la certeza de encontrarnos en la neblina mientras las horas pasan
discretas con saltitos de cabras lechosas que reptan hambrientas sobre
las altitudes de la sombra.
-
-
III
-
Pero no escuchábamos. Se
sobrepuso el resbalón de las cabangas, y mansos nos recostábamos a las
paredes donde nos vieron comadronas con llanto de poetas solares,
tratando de balbucear que el viento se alimentó de miseria entre música
sorda de soledades, barrancos y marimbas, y niños que vomitaban sangre
de sus pulmones en la consumación de la infamia: era extraña la pobreza
con nubosidad de padrenuestros, procesiones y trago, y más pobreza sin
versos vitales.
-
-
-
IV
-
Entonces, Joaquín Pasos,
no hay duda de que el viento se teñía con miseria moderna contra la que
vos ahora romperías de nuevo los tambores, afiebrados y picantes, porque
en nuestro país escaseaba el aire mientras vos, desde antes, ya
reconocías que con aldabones la media noche restallaba con tu risa y
fiesta perenne de darle a la grey y al alba el inusitado poema.
-
-
-
-
-
Tríptico, hombre y toro
-
-
I
-
El pañuelo rompe el aire
como difunto conmovido o cuchillo, y anuda su miedo; la muerte y la
duda, el hombre que cabalga sobre el lomo movedizo de la bestia
encandilada y la baba azufrada del asedio: bramazón, la fuerza dominada
por el montado, su risa trágica, el viento hediondo a guaro (como púa y
el valor que aguijonea el griterío); cuerno que horada los asombros con
fantasmas. Se levanta de la tierra una pestilencia, cascos y orines; la
hombría y el orgullo ruedan vencidos. El suelo asedia las patas y
pezuñas, busca el honor del monta-toros. El hombre derribado se
retuerce, rota la quijada por la impotencia y la cornada victoriosa del
astado.
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-
-
II
-
Hay fiesta y dios
mundano para todos, el pueblo gime ensombrecido; convoca su redondel, el
jolgorio universal y la muerte. Van a la lucha del toro y el hombre
(enemigos del pavor); sienten el rostro del miedo cegado por la barra
angustiada. La paz del corazón y el temor para que termine carnal la
pasión, con música, ovaciones cuando concluye el duelo. La espuela hiere
con fuego el costado del semental, las manos rompen paisajes en el
vacío, o controlan la soberbia carnosa del astado. Las piernas, las
amarras temblorosas y costillas del cuadrúpedo giran, se sacuden; saben
de testículos que juegan; conocen en ambos la muerte del minotauro, y
llega al final la vergüenza que asola.
-
-
-
III
-
Al hombre y el toro no
los desata la sangre; respiran aires enemigos y lúdicos; huelen su
derrota en las espuelas; o pasan el tiempo temiendo la victoria.
Enfrentan antiguos recuerdos, los acosa el insomnio; tocan la luz de sus
ojos. Un bramadero y el grito hediondo a muerte-quirina es redondel del
hombre y la mujer impávidos hasta que triunfa la muerte. La consorte del
astado espera como alba antes que canten los gallos. La mujer del
montador reza antes que enluten su puerta. El silencio abruma al torero,
quien ama los duelos; y no amanece su destino si no está oyendo bramidos
o amarra la soga a las puertas de su infierno.
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-
- Olorosa a fresas
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-
Insisto, es la misma mujer. Todos la deseamos y ella se da por enterada
por las apetencias masculinas; taconea, levanta hombros, desata
calamares con las piernas, deja rastro y pantera con rugido de muslos en
las entrañas. Insisto en la mujer misma. Supongo que ella adivina mi
deseo, lo provoca con pavoroso escote, henchido labio, pómulo de
amanecer africano y estómago de abeja paralizada. Pero el misterio de su
belleza pocos lo disfrutan, cuando la electrizan con piropos obscenos, y
ella pasa rauda, olorosa a fresas que carga desde el supermercado, como
si estrujara un libro tembloroso con poemas.
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Cada vez
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En Nicaragua nos
asomamos a una ventana y vemos tierra con zacate y centauros cada vez
que baja la luna y se oyen relinchos locos; relinchos para preñar los
reflejos; relinchos para ensordecer la nostalgia. Cada vez, cuando vemos
de reojo la calle, están los perros flacos parodiando la inspiración de
la mañana y dan mordidas azules con las pesadillas de nuestros
fantasmas.
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Un
pájaro
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Un pájaro rojo atrae a
otros pájaros que vuelan a otros árboles en las frondas que se parecen a
lo que parece no estar vivo; a lo que no se olvida; por eso alegramos
los ojos y volvemos a recrear la infancia entre recuerdos y pensamientos
que nos enseñan a releer los secretos para que no los deseche la
memoria. Entonces, cada cosa tiene nuevamente definido su nombre. Con la
vista diestra un pájaro redescubre otros mundos en lo que fueron esas
otras cosas del mismo cielo y el mundo.
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Boxeo
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¿Cuánto golpe fallido existe en el ranking de la duda por no saber si
fue el destino quien nos arrebató el cetro a la gloria? Hoy he sido el
vencedor y sufro por el músculo de la desolación. Con el gong impostor
restalla la campana, y aparece la corona mundial de los vacíos, con el
desvencijado anuncio en la arena de la cordura. El coliseo mortuorio
anuncia defunciones en los tinglados, donde la mayoría no tiene boleto
para dar fe de lo sucedido: a poderosos y pobres los vencerá la vida.
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Paloma póstuma
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A Juanita mi difunta esposa.
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Abrí los ojos en la
ribera sur del lago el día que iniciaste el viaje. Un aletear a ras de
los cañales, un verde seco y humoso; un beso por la costa hasta Granada.
Te vi alas, vi el deseo del sol. Conocí tu destino recorriendo huertas
de mandarinas, vahos azules, gritos de amor con los clarineros en los
laureles de la india; toqué la sombra de los bahareques, celebré fiestas
de naranjas y marimbas en Masaya. El cielo y un rumor verde de laguna;
volví al niño cazador, volví a ser el pez del silencio y la blanca
sombra de las garzas. Quise imaginarte en el sueño de la gran culebra
que salía crispada del deseo para anidarse en el agua. Mediodía en
Managua, centro fugaz de tus ojos en ascensión con pecho redondo y
rosado, y un lago para refrescar las alas. Vi júbilos descendiendo en
las islas. Conocí el misterio salobre de una sirena, hermética en la
eternidad, con espejo de mar en la espalda. Toqué las puntas de nuestros
sueños y cerramos los ojos como palomo y paloma.
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Febrero, 1995-2006
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Neoliberalismo
matemático
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El inhumano negocio y el
universo. Arte del engaño que se explica con el neoliberalismo
matemático. Se vuelve dato la inteligencia: uno más uno no da dos
destinos, sino cosa o mercancía con anulación del otro: nuestras mujeres
pobres miran
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y se aferran a la
esperanza como ventanas rotas de metrópolis o abstienen darle amor al
útero: no más niños; que la otra criatura
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no usurpe el patrimonio
tenebroso de ser una tumba a costa de la otra. Pero al final de la
historia el neoliberalismo se vuelve depredador en su propia matemática.
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Anti-apología
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A Juan Carlos Vílchez,
Iván Uriarte, Alvaro Urtecho, Gustavo Adolfo Páez, Manuel Martínez,
William Valle Picón, Francisco de Asís F., Gloria Guardia, Franz Gálich
y Erick Aguirre... con el soplete y la llama de la poesía.
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Debimos nacer por
reducciones del destino. Nos acompañamos con palestra propia para no
involucrar los egos en extraño camino y símbolo mezquino del sacro ícono.
Del poema es la culpa. El convite es de soperas y umbrosa fama; por
razones de tiempo asumimos argucias del Güegüense. Debemos adiestrarnos,
pulir los huesos con flacuras. Si pudiéramos, tapemos el sol con
antiguos maestros y báculo de relamida pestaña para invocar la camorra
de los candiles con rebeldía de lo que un día amamos. No nos queda más
que dar las tres vueltas del perro, oler la placidez para remendar la
atarraya y la memoria. Todo esto lo hacemos porque los amamos; vaya y
con respeto, para romper límites de cal y arena; vaya y con los bordes
del epitafio, sin tramar ningún crimen de lo que más se ama; vaya la
promulgación de otros paisajes. Es como alistar las armas, los oráculos
de las vacas gordas y flacas o atriles de bibliotecas con caldo de
huesos memorables. Si los veneramos atisbamos nuestro insomnio. La grey
desanda caminos con palancas y ganzúas; la grey grupera y verbal, la
grey del acento que no se aguanta: hiede a muerto celeque el estilo que
se copia "el muerto al hoyo y el vivo al bollo." La gloria es dolor en
la piñuela, bramadero del poema clavando espuela y visiones. Chupamos la
teta seca de la tristeza, bebemos del agua que se zafa, batazo en la
crisma cuando lo queremos, sopa de chombón y luna para las
inspiraciones; "el gavilán con caldo de pollo en la resolana"; cielo del
que bajamos con más hambre, sobre los adoquines y el centauro que
relincha con ardor de sarna en las ingles. Lo que todavía no se ha
escrito se cocina en el saco de gangoche: un zopilote cisne pendenciero
y lo reconocemos desde adentro para afuera, o desde afuera el íngrimo
azul de la computadora.
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Rivas, Nicaragua - San
José, Costa Rica, Dic., 1999-2005
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Conducción del deseo
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Para el poeta Mario Ulate en su noche de
palabras.
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Asistimos a la noche
seducidos por el espíritu, en perenne conducción del deseo empecinados
en recobrar la memoria, y el remoto reloj con aldaba que llama a la
nostalgia. Visiono en sus penumbras un caserón con chillidos de ángeles
y fantasmas. Sobrevivo oyendo al robusto corazón con niño, lejanías y
bruma verde, o fulgor del mundo entregado al estremecimiento y al
caserío defendido con palabras. He podido armar el tiempo migrante de
las gaviotas con nidos de arena; he podido escuchar el caracol en la
concha de sal y el silencio enroscado al velo terrestre del mar... Y
regresa el poeta a releer los calendarios en la placidez solariega del
traspatio: la seducción del verano es la mujer que ama a su juglar
porque le conoce el corazón y lo desnuda con caricias de candiles
apagados; es la sombra inevitable de los sueños, es el hechizo en el
espejo del desvelo; es la calle con peregrinación innombrable que
predice la resurrección, y oye el gallo de luz en la fiesta hogareña; y
al final de la vida, profano, retoma su cielo con el montaraz poema.
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Tutoría vegetal
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A la poeta Gioconda
Belli, abadesa del amor,
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una vez releído su
libro Sobre la grama.
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Son tutorías del amor,
visiones y guanábanas después de regatear la pasión en el poema. Será
entrega diáfana como palabra, suavidad del pétalo, balanza dulce de la
carne... la blandidez secreta y femenina con redondo sueño del verde
seno y escalofrío bebido en las valvas del ensueño; alta en la grama del
tiempo, mimosa y acurrucada. Solo el aire del misterio la posee, no hay
quien la toque a destiempo si se resiste y muere con enjambres; flota
con señorío de muslo y se entrega a la selva y el alba. Espera y ama, y
se desvive en savia bautismal para el placer con hilacha del eros
literario y sin memoria, con lunar disperso en la piel, pues solo el
verde perfecto muerde la boca del espíritu celeste que vive y sacraliza
lo terreno. Se torna núbil y hechicera, uña y carne adobadas en dolor
de haber amado, y hermética dulzura de la metáfora se abre al placer y
hambre del poema. Es mujer con pedúnculo y cielo, y la espera sobre la
grama.
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Mandarinas
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- Aroma
anaranjado y viven. Aspiro la pasión y me provocan; aroma que disfruto
en la cúspide de la lengua con regusto insaciable, cuando hundo el dardo
de saliva en la abertura azucarada. Su cuerpo redondo y femenino enamora
premisas para encender el candelabro tropical de la noche con sabor a
luna, desde la niñez y las ventanas. La pulpa del coito apetecible;
jugosa y perfecta al morderla, infierno al paladar antes de amarla.
Cuando trituro los gajos escarchados rompo el cristal y la felicidad;
lamo y remuerdo esa entraña. Esta mujer oficia el amor con secreto
vegetal porque la infelicidad no la agobia; esparce en bandada el olor a
mujer con apetecida ondulación de mandarinas.
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Pecado
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Las voces y la felicidad
con desnudez excitan apenas asoma el deseo, ofician ritos y callan
después que nos besan la carne. El cielo, con la complicidad de los
infiernos, se vuelve pubis y huele a entrepierna. La virginidad de
amarnos se defiende sin escándalos; no hay susurros en el barrio, ni
cortinas que disimulen que dejó de ser virgen. Desnudos, y cuando
poseemos tiempo, miramos la extensión crispada de los muslos y
conspiramos para que nos recuerden; por eso sabemos que no hay pavor
para saciar los coitos que disfrutamos en los resquicios de esta ciudad
que nos desoye.
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Mordisco
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- La
memoria del miedo a lo prohibido. El amante y una vida en el cubrecamas;
procura que la paciencia desborde imprevistos del insomnio. Siempre una
explicación. Es maestro en desnudaciones y va más allá del pubis, a la
felicidad de los ojos; sus vértigos la confesión en los labios. El
amante desataba torrente de calamares y redescubre el mar en la sábana.
Siempre tiene a mano el mordisco felino y un cofre de lunas que, para
ella, pocas veces se abre.
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Circos
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I
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Espectadores buscan
ganzúas y ciudad; comparten aliento de circos viejos; imitan descalabros
y riesgos trapecistas en la procesión de la fe bajo carpa con sarcasmo
tenebroso, esqueleto y mentiras;
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II
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los espectadores de
nuestra ciudad miran mil cruces de ceniza en su puerta, temen la lista
de los perseguidos o estupor venenoso de la molicie... Los defensores
del espectáculo consultan manuales de nigromante, descabezan soñadores
sin que sospechen pandemias virtuales ni la nieve; disfrazan laberintos
con vértebras neuróticas de celeste buitre.
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III
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Un carrusel de asombros
traba y rechina con recuerdos, caballos torpes del Apocalipsis y
tropiezos con daguerrotipo; relincho sobre la tarima giratoria y destino
apretujado en la mandíbula de quien asiste a su propia mueca;
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IV
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los espectadores de
nuestra ciudad presienten carpas, endosan miedos; van cayendo sus
cabezas con oficio perturbado y saltimbanquis o costillas flacas de
asnos y monos para morir víctimas del desaliento: letargos, fosas
televisadas y bordes de ilusión, con sepultureros que salen de sus
jaulas y juegan en los circos donde ofenden, inocuos, su calavera.
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Evocando a François Villón
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- Carlos
Calero no ha buscado la fama ni las cortes, y así lo muestra su huraño
temperamento de gato casero, pero no falto de destreza para penetrar los
inusitados misterios y adobar el amor en la carne o los huesos para
dejar la marca de su memoria en Monimbó con reflejos y barrancos y
tintineos de vasos ochavados con el jugo de la granadilla o el cacao o
el dulcísimo tamarindo merodeando la punta de la lengua que bien o mal
ha usado para no olvidarse de sus muertos; aunque nos atosigue la
actitud de los poetas que buscan como acomodarse a cuenta suya y aunque
para ellos esto vale en estética poética; pero también Calero cree en la
historia y los laberintos planificados como juego perverso que manosean
el destino (no estando éste adobado desde adentro) y la razón de ser
pobres, pendencieros, yo-que-pierdistas, a mejor tenor bebedores de
guaro y poetas con almendros y garzas bajo los atardeceres rubios como
cabelleras acharoladas de tiempo vivo, sobre los campanarios y las
plazoletas del azul, misteriosas o habitadas por la soledad que
atormenta mientras roemos el déficit de la esperanza con un lejano
responso de marimbas bajando o subiendo hasta el dolor anémico en los
ojos de una niñez, o el que se cree joven para contemplar su vejez
adrede con espejos en los charcos urbanos de un olvido alérgico y la
conciencia de quienes organizan las festividades o el deporte para
distraernos con orgullos lentos que no van a la raíz ni explican los
lamentos con cicatrices que perduran en los tumultos del insomnio,
mientras una procesión de espíritus desata carretas nahuas y azuzan a
las lloronas mientras los cadejos sugieren el imperio de las máscaras
porque la verdad es de quienes mueren al margen de los epitafios
oficiales o el reparto de la pobreza precipitada, succionada con
tratados de la modernidad colonial al paso y ritmo de la “perra renca”
que rasca su sarna hasta sangrar con tufo de chequeras y componendas;
pero la pasión apremia al cisne en duelo y se levanta el azul dariano
con lluvias matinales que enamoran almas y deambulan inocentes o
pretenden la viveza mal entendida del güegüense que azuza la zopilotera
contra su propia descendencia. Carlos Calero no se compara con Villón,
cada quien con lo suyo, en sales y escozores distintos pero apremiados
por las mismas calaveras que amenazan las baladas de la felicidad
mientras pasa el tiempo que no se siente, pues nos persiguen los
traga-miserias con prisas y urgencias urbanizadas y legalizaciones que
proscriben el ocio del merecido descanso a costa de una producción
acelerada en términos de riqueza acumulada sin prorrateo en los
estómagos perforados que deambulan en los molles y supermercados con el
recurso de los asaltos y puñales o el arrebato siniestro de los
barbitúricos y la “palomita guasiruca” que se nos escapa a lo largo y
ancho de la bandera y el óxido de los fusiles y cañones para agachar la
cerviz de las monedas que marcan el corazón y las lenguas censuradas
porque no hay palimpsestos de heredades por aquello de “coyol quebrado
coyol comido”; y huelen a muerte los desheredados cuando el sepulcro
restalla en pavores y se leen en el municipio de las ilusiones osarios
seductores, coca cola para los calores porque la ola sísmica de los
empréstitos crece en subterráneas reparticiones con estándares de vida
que solo calzan en los informes presidenciales con multiplicaciones
fantasmas en crecimiento de nostalgias y desamparo sin poner la piel
roja y la desvergüenza con ajustes matemáticos en la sordera y la miopía
de los ridículos remedos imperiales para engrosar el patrimonio personal
con la sangre del hueso de los asalariados, sin que la “mano de luz se
tienda sobre las fieras” pues se ha eclipsado el sol con harapos de las
“divinas banderas” porque le han mercantilizado el cuello al cisne los
eunucos empresariales sobrepasados de casta y orgullo nicaraguano cuando
se trata del rostro doliente de Nicaragua.
-
-
-
-
- Nos
gusta idolatrarnos
-
- I
- “No
sabemos decir cómo ni cuándo”, según el escozor de Saramago. Entonces
esgrimimos los teoremas, esgrimimos las argucias estratégicas, el ego
crispado para las batallas interiores; procuramos el milímetro extra
para congraciarnos con quien administra tu salario. Nos confunde el
laberinto del cómo y el cuándo. Entonces nos quejamos, sentimos que la
paradoja de la mandíbula mastica vía contraria, o que la felonía
celestial hasta conspira para olvidarnos.
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-
- II
-
Entonces, tiene sentido el cómo y el cuándo, pero no lo aceptamos.
Respiramos paralizados por existencialismos y asumimos la fe; buscamos
el epitafio del hueso esquirlado. Nos involucramos con proyectos
personales, pero no salimos a la calle para conversarlos; nos gusta el
aposento, la buhardilla, el sótano, la misoginia; nos gusta idolatrarnos
y aún así nos llaman poetas, con sordidez y predio vacío.
-
-
-
- Con menos suerte para ser
enamorada
-
- I
- No hay
suerte puramente repentina en los bulevares, no hay ojo de gato cerrado
por los golpes del asombro al mediodía, ni luminaria requemada en los
altos cielos, ni un presentimiento en los bolsillos, o la placa de un
automóvil, ni el vuelo de las palomas hasta las cornisas erosionadas del
Teatro Nacional, y como acto supremo nos cae la moneda para echarla a la
planicie verdosa, erizada con bucles rabiosos o contenidos, mientras la
mano saca los dedos de la fuente terriblemente contaminados.
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-
- II
- Parece
lejano el bullicio azaroso de los inocentes, la urdimbre en la crispada
ciudad capitalina; los viejos teoremas del tiempo ya achacosos para no
volver a la victoria celebrada por la memoria. Pero aquí está nuestra
ciudad, imbuida en sus embrollos de hediondez y vendedores ilegales
saltando como gotas de lluvia, cuchillos insinuados detrás de los
chinamos, el tubo de metal y la chispa del crack, o la quejumbrosa
cadera de las “damas de la noche” que deambulan con encía desdentada,
rotundamente sepultada en la banqueta de cemento frente al monumento de
la soledad y el peregrinaje de los desolados.
-
-
- III
- Los
billetes de lotería abanican corazones ambulatorios, abanican los globos
extraterrestres que rutilan contra el alambrado de alta tensión, y un
unicornio de acero cromado viaja en la punta sobre la tapa de un
automóvil de lujo. No hay suerte puramente repentina... con disimulo un
hombre invisible saca naranjas pútidras de los depósitos metálicos para
la basura. La suerte loca caracolea, hace rechinar sus alas de libélula;
con la bella sonata de los suspiros contaminados sacamos el libro de
poemas; con los tambores de la alegría desechamos los pasos de la
nostalgia, con los cajones de los heladeros nace una petulancia de
belleza urbana, con las rimas solares y el soneto de la vitrina refinada
empieza el grito de los silencios, con espigados demonios nos torturan
el seso cervantino; con la madre mentada a los políticos el copo de sol
se derrite, con todo y el nigromante mundializado apesta la mala suerte;
por eso la suerte no es algo puramente espontáneo.
-
-
- IV
- Del
círculo de cemento se levanta el odioso olor a pescado y escabiosis
empozada, el hedor a nidos de algas envejecidas, a una ciudad cada día
más sufrida y con menos suerte para ser enamorada, mientras los
fantasmas guindan de las telarañas y los viejos relojesolvidan el
campanazo meridiano y el amor acostumbrado a la calle.
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-
-
-
- Faltan los botones
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- I
- El
momento de la analogía, el instante de la visión solar, la hora de la
reflexión contra el peso urbano del mundo; la hora de escupir sobre las
maceteras en verde, entre la quietud sospechosa y la tarde. El
guardarropas acecha con empecinamiento y ojo de cíclope; hay un frío de
cartílago roto, un pedúnculo de sensación muerta; un frío
particularmente vacío que llena el dormitorio con el método de lanzarnos
a la cama para rebobinar los sueños en versión de servilleta blanca y
labios untados con vino.
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-
- II
- En
posición de murciélago pende la camisa, la camisa que se empecina en ser
símbolo del manso espantajo; símbolo posicionado en el diseño de la tela
blanca, celeste juvenil, azul poético, verde y rayas acebradas... en el
trópico. La camisa abre las mangas, las extiende a lo largo de nuestra
biografía ocular; camina en el tiempo y el tendedero sin medir la sombra
que se desgaja líquidamente. Con ingratitud, la imitación aturde,
incomoda, serviliza el trazo de la línea sencilla o maestra con que
escribimos que a la camisa y al asombro les faltan la ficción de los
botones.
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-
-
- Inteligencia
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- I
- La
inteligencia desenvasa con estupor de asombro la sospecha, el
escondrijo, la mano cubierta o lampiña, el tragamonedas frente al
desocupado, el aura y una familia en los nichos del pasadizo imperial,
la liviandad o centro del ego amenazado por la inminencia de los justos
en el purgatorio.
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- II
- Saber
o no indagarse para administrar el ataque del antípoda es el asunto; no
creerse el desentendido, con gesto de sombra o el punto en la mirada
aterradora, con pasillo pestilente o posesión de los laberintos y leyes
locales para la mordaza, para los académicos corazones chamuscados: esta
es la inteligencia predestinada al subterfugio; a la familia del
colmillo ostentoso, a veces, sobre los umbrales ciegos de la plebe
insomne, y mitos con caudillos petulantes en las academias económicas de
un siglo predestinado a la avaricia.
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-
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- Versión de
paloma deshuesada en las fauces de un gato
-
- I
- Nos
paraliza la versión de una paloma deshuesada en las fauces de un gato
inhumano. Visiono el peligro de los colmillos ocultos; el estridente y
amenazador sello de la muerte sobre el horizonte de los intersticios, un
nubarrón y la transparencia desacostumbrada. Tiembla una aldaba con la
esperanza de los ecos, con la marca absolutoria y el gotero de la sangre
escurridiza; con la cruz del cementerio profanado por la poca fe o el
abismo del crucifijo boquiabierto entre las partículas del dolor que lo
hicieron cautivo de las soledades; y luego propuso el modelo de
conquista lunar con bandera movida por la parálisis del aire.
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-
- II
- Esta
es la versión de una paloma deshuesada por las fauces nocturnas. El
atrio carnal permite abrir la paradoja de la mandíbula, para cortar el
paisaje con aliento de músculo felino, tibio y amatorio; más allá de lo
que argumentamos adorable; o imbuidos en las latitudes de la imaginación
rotatoria, con chispazo o penumbra que enciende el ojo del apetito
animal y la arcilla de Dios.
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-
- III
- Esta
es la versión que no versa con vertebrado daguerrotipo, la galería y
memoria aleatoria, como tampoco la huella, el paso, o repaso de los
orígenes del abismo; con la versión del gato con paloma y estela
escurridiza, y noche del juglar en el ojo, sobre la techumbre y los
fantasmas, o la distancia predecible del alquimista indeseable, o la
retórica del poeta inconfeso.
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-
- IV
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Anti-paradoja:
- El
gato y la paloma se aman por odio o sobrevivencia paradójica; trastocan,
el uno y el otro antónimo, su propio símbolo refractario: van al amor
gatuno y emplumado, con celada de ala y colmillo cegado.
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- IV.1
- A
vista y paciencia ciega, la paloma decide cazar en la claridad de las
urbes; a vista viva el gato oficia flotar sobre la tiniebla.
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- IV.2
- Ambos
hurgan el sueño, se complementan o colisionan, son incoherentes y
discurren; no dejan una palabra sana, ni bulevares ornamentados con el
tedio; tampoco la prisión del linotipo en las vacías oficinas del
latrocinio.
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- IV.3
-
Inventan el mar con la saliva espumosa, con la lágrima forzada a
contracorriente del deseo. Uno se despoja de la pelambre y la otra
maúlla con gorjeos: todos entendemos el juego, porque esa es la tragedia
a contrapelo.
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- IV.4
- Esta
es la versión de una paloma deshuesada por las fauces de un gato poeta:
el juglar esconde en su tintero la técnica del vuelo, la anatomía aérea
con la variante milenaria de plumón y los aterrizajes. Cruzan sus velas,
sus puertos ciegos, cruzan los matorrales del alba, los huecos
viscerales en las paredes; cruzan la huerta azul del espíritu y los
resplandores, los aceitunos cabizbajos, los malinches afiebrados, los
tapiales; cruzan las salas con fermento pútrido, el vómito de las
quimeras, los caldos desechados: ambos tienen su propia travesía y no la
confiesan, se la guardan para la última batalla.
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-
- V
-
Anti-moraleja:
- Siendo
siameses del plumífero y vertebrado nocturno con la garra y el rabo
desplumado, no actúan como petrificados pedagogos, no ofician la
concordia a medias, no esconden las banderas despobladas ni el asta
frontal de la palabra, o el préstamo del gen primitivo, la molécula del
corazón encabritado, el cromosoma de la virtud o el alma;
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- V.1
- no
especulan con el engranaje ni la ecuación trastabillante; tampoco un
imbricado ícono para la paz y la guerra del solitario.
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- V.2
- Esta
es la versión de una paloma deshuesada por las fauces de quien mete el
hilo por la aguja, y en el otro extremo de la historia irizada encuentra
ciudades con ave fénix afiebradas y los gatos metidos a poetas, que
sacrifican sus siete vidas cuando nos atosigan las palabras del formato
contra la vida.
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