Carlos Calero

 

Fotografía propiedad del autor

 

 

Peces
Para Vilma y su paladeo, ubicuo y permanente.
 
Dónde romperán el espinazo esos peces sobre el lago de la luz bullente; y flotan rutilantes. Casi invisibles, casi incoloros, pero vivos; casi cardumen y silencio; casi, casi deseos para devolverlos con el misterio bucólico de sus ojos. Esa fue la infancia, un barrio iridiscente, una escuela bajo tutelares santos, un resoplido de mar con vientos entrando y saliendo, yendo o volviéndose por las apariciones del recuerdo; como una procesión de parques y glorietas, callejuelas del instante. Una procesión de almas, casi moribundas, va otra vez niña sobre los pedruscos, con uniforme de escuela por las calles de una ciudad iridiscente. Va a los pavores de la sangre, bajo las acacias; bajo los rojizos resplandores de la esperanza. Ahora vuelven nuestros peces aleteando con escamas del poema y mar donde irrumpe la belleza; vuelven a los aposentos, como llaves a los pasadizos con espíritus de cementerios y arcos pintados por la cal del tiempo. Los mismos peces tiemblan en sus manos, se hacen deseos; dejan de ser piedra, bocetos del recuerdo; dejan intacta la memoria antes de saltar al agua con la algarabía urbana de su montaña enamorada con el hilo verde de la tarde.   
 
 
 
Canción de amor que por olvido siempre se recuerda
 
El pasado y su sombra errante andan conmigo: juntura, amorío de los huesos abuelos, amistad hermética de los genes, la espléndida cuna del alba; y abre calcinaciones la ventana si me atrapa el aire o recoge, con luz de oración y luna, pelambres de gatos que lanzan al cielo aullidos de demonios para que se pueble de rayos el mundo y el insomnio. Me empuja el miedo a ser otro, a la amenaza que se sufre al no recordar de qué naturaleza fueron la resurrección y el recuerdo con arroyos en la memoria, y los torrentes sufribles que precipitan el invierno; baja del cielo mi fe por el humo de los cocineros, por el incienso alegre de los padrenuestros, por la almohada y un sueño de viejos párvulos, tras la multitud del relámpago que enciende los candiles para ver la plenitud de un cuerpo desnudo a media noche, y oír la canción de amor que por olvido siempre se recuerda.
 
 
 
 
Mientras el poeta rompe los ventanales de su lujuria
 
¡Por Dios!, cuánto envidio al poeta Andrew Marvell en su deseo irrefrenable sacado del pulso victorioso de la carne para que la amada se entregue con los deseos forzados; y vivo el placer que le dio camino a la sangre para tocarla “a través de las férreas puertas de la vida”. Y así que se quede mudo el oráculo del tedio bajo el sol que correrá raudamente sin aldabas de luz, que el mundo destraba a sabiendas de que el “carro alado del tiempo” corre a su espalda. Impávida es la belleza en su persistencia, en la lozana eternidad de la entrega para que no haya tumba con la losa huesuda, en esa quietud de mujer que tal vez no ame y tirará su virginidad a los gusanos con honor de la tierra en el olvido, mientras el poeta rompe los ventanales de su lujuria para verle los pechos rosados, entrando al sepulcro, como dos demonios heridos por esa elegía inusitada que lo acompañará toda su vida.
 
 
 
 
 
En el centro de una diapositiva
 
I
El silencio ofende con brillo de una diapositiva. El vidrio y la mancha incómoda, la colina atizonada y la mañana de los clarineros. La memoria ronda espíritus que habitan la casa esclerótica: aquí hubo soberbia y piedad de taburete retostado; hubo oficio que imitábamos en la resequedad de abril con peregrinación inesperada y una estación que provocó sabidurías en la Masaya de los osarios.
 
II
Aquí el epitafio se lamenta de su sepultura; aquí nuestra juventud y los autorretratos de una diapositiva son la urbanización y los fémures que esquivan la soledad porque no conocieron nuestra algarabía.
 
 
 
 
Rito y virgen
 
Su corazón late con hambre de pubis en mi ojo; late con gato pardo que  densamente resbala a las terrazas de Aserrí, para encontrarse con una leyenda. Así abre la ventana y la oprime el cautiverio con retrato repentino, con refrigerador y cocina desordenada, o el lejano graznido que le demuestra la geografía del torbellino mientras resbala su blusa, con mordida de tigre, hasta el muslo; entonces, descubre la felicidad empozada en el estómago y el beso con un “te espero en la cama” para estrenar los asombros, o escuchar boleros de Leo Marini con mesa y vela, o edredón de alcoba para alegrar la pelvis que Safo describiría con tenue danza y eternidad de vírgenes consagradas.
 
 
 
 
Alberti en mi sueño
 
Su risa fue abrazo mediterráneo, fue el tejido de un golondrinaje y balcones. Desperté del olor calcáreo y me posicioné del mar, de los islotes con mis manos abandonando la sal viva. Era carcajada y vela la playa del poeta; era un oficio tropical y la plenitud con arboleda hortelana de canas atigradas, era un rizado en altamar y el rescoldo azul del verano. Tocó tierra con su pasión y náufragos encantados --esbozado el apenas y la risa caminante de la mañana--. Fue hondo el golpe de sus remos rotos por los litorales y, únicamente, la prisa de quedarse vivo con urdimbre de arrecifes y metáforas urbanas: fue la mano del mundo, tallada por los orfebres del sueño y las vihuelas matinales. Entonces caldeaba olor en pleamar, con muelle mágico y oleaje de poemas; así revivió el poeta para reconocer su sed, encima del túmulo gutural de la ola, con cielo rojo, ira voraz y la pena sin penas, o los pezones de nuestras lagunas con sirenas.
 
 
 
 
El ruiseñor
 
Al poeta lo soñó  el ruiseñor con ventana y espíritus, con el ala selvática pregonada desde la Torre de la Merced y su León colonial con don José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal de la vanguardia que se prestaron las casonas de la rebeldía. El pájaro alto y alado encontró cielo con destello del gorjeo; encontró memorias y pobló insomnios con huertas bronceadas.  Así  tronaba su tambor profano con cal y piedra de ecos iletrados: fue una voz breve y alta, la metafísica del trópico: esto nos recuerda la caricia celeste de sus poemas. Fue y será la fe del mundo por la poesía; estará acompañado con la peregrinación perenne de Rubén Darío. Fue y será la chispa de nuestros amaneceres, el sueño que vio alondras o poseyó el aire con séquito de pléyades, rozando la celda del misterio con locura e ingenio, y un espíritu indómito de Alfonso  Cortés, el asombrado, en una locura de cuatro paredes.
 
 
 
 
El garrobo
"Y el soñador y el sol, predestinados
por tanto hallazgo,"
                                               Jorge Guillén
Tiembla el verano. La piedra volcánica y la soledad soportan un sopor de asombros. El aire tiene alma, sube verde en visión al mediodía; los troncos tejen nudos con el tiempo. El arroyo del Cailagua desborda en recuerdos, con sed de espíritus; y el güis evoca tristeza en sus alas. Las indias bajan al círculo, se persignan, van desnudas, con ardor en los pubis; esperan la muerte del recuerdo pero se arrepienten: ven la brujería del silencio. Los indios abren tumbas y vuelven a su soledad de albas. El garrobo custodia los misterios con poder de resolana; su cabeza guarda el destello, guarda detalles, huele en el aire las almendras, y sube a la rama calcinada para poseer a la iguana desde el espinazo al asombro.
 
 
 
 
Epitafio para José Coronel Urtecho
 
Morir y recordar son riachuelos detenidos en la tierra; son la losa del tiempo y ya está dicho: agua mansa con escamas, plata nerviosa en el reverbero del follaje, lavanderas sin sostenes: San Juan de la Cruz entreve sombra y nubes descendidas hasta el puerto de San Carlos al mediodía. Son las tentaciones del agua y el susurrarle al río San Juan las penas de la fortuna; entonces, repentino empieza el nuevo poema, con pipa y tabaco que envían señales a la María Kautz quien custodia las cornisas del cielo cuando la mañana baja a organizar el rumor del café, la cocina con tortilla de maíz, gallo pinto y picadillos. Los ojos del Güegüense y su chinfonía paladean copita de miel de palo, cususa mareadora y en la antología, con los dedos ensalivados, pone señas a los mejores poemas de los poetas norteamericanos. El soneto carnal, olor a matas de rosas y rimas en cadena destraban la lengua del Tío Coyote y Tío Conejo para que don Rubén Darío conozca pangas, racimos de cangrejos y mojarras fritas con las sartenes de las memoria. Don José aspira viento oloroso a azucenas, y sincero lee versos de la biografía de su mujer que rugió al amor como leona; o saltó la cuerda de la felicidad para que el poeta se sentara a escribir poemas que se deshijaron en la Vanguardia. Al despedirse guardó el tabaco, apoyó su bastón sobre la tierra, restregó agua y jaboncillo al cuello del vestido de la Emily Dickinson donde dejó la pluma anidada y una esbelta garza de Solentiname mientras atento y sobresaltado Ernesto Cardenal descubre milagros sobre un árbol de cortés y la comunión liberadora del lago con el cielo. Desde la orilla de la playa habla Granada con el muelle; habla el campanario repleto de palomas, con cañones que nadie recuerda cuándo se dispararon, con glorieta solar y Joaquín Pasos o Manolo Cuadra remodelando sus poemas... La ciudad de beatas, sus destinos indescifrables, el sol encumbrado en los salones coloniales, la ciudad que duerme esquivando poemas del Coronel Urtecho, su golpe azul de campanas, la resurrección del barco negro y los tiburones del lago. Un itinerario intacto, las conversaciones con poetas jóvenes en su casa o Managua, el ramillete, la llave y ganzúas de posibilidades en la poesía, el duendecillo del verso en la punta de la lengua, los hijos, los nietos y tataranietos del maestro esperando el próximo poema, un Mejía Sánchez desembuchando su tigre en Masaya, o Martínez Rivas en exacta rebeldía, y Azarías Pallais discutiéndole que contra el calor basta y sobra con quitarse la sotana; también el loco Cortés murmura insomnios divinos, y las iras con astros y espíritus, y aparece Pablo Antonio Cuadra con el idioma del alma, o Ernesto Cardenal que estando en Nicaragua habla de las constelaciones. El poeta tiene manos tibias y Dios sopla salmos a su oído; el poeta responde con interioridades: todo está listo, pues después de tantas vueltas, recovecos y revueltas el dolor y la alegría nos dan a vida, o no son más que un portazo esperando en el cementerio.
 
 
 
 
Mujer con gato
 
Abrió las ventanas como si rompiera una torre y vislumbró tras la cortina al animal entre mis manos. Yo conocí de sus delirios un día de gatos. Ella perseguía y poseyó al felino, porque no controlaba su acechanza inamovible; porque se quedó viéndolo como invocándome en esos ojos, en la fijeza apacible y fascinante, en el amuleto, en el vidriado silencio ocular que juzga inexorable el desorden del corazón y las confesiones. Meloso el animal arqueaba su espinazo, quemaba su piel con la uña de mi pata. La invasión de la luz ardió en su pelambre, y el gato gruñía para seducir con los demonios. Había secretos en la frente atormentada de la muchacha; el felino lo supo (y le condescendía); pero no osó exponer su poder de mirarla a los ojos. Cada uno reinaba en lo suyo: el amor, la sumisión, o sucumbían. Habían pactado la noche del aposento vacío cuando él alzó la cabeza y sus colmillos hasta el vaso de agua donde bebieron del amanecer para conjurar la tiniebla. El maleficio fue para que yo maullara cada vez que me arañara el recuerdo y, bajo la luna, mirara nuestras dos pardas siluetas.
 
 
 
 
Con oficio de mis relojes
 
I
Aparece el redondo estremecimiento que instala en el aposento el humus seco de los relojes; jala el bochorno de los anteojos con restos de plumas estridentes en los nidos de los sinsontes que horadan medidores del alumbrado público; penetra con atosigamiento de polvo mientras defecan los gatos la peste de la maledicencia y la poca fe en las ideas sesgadas con billeteras y pedazos de ventanas góticas sutilmente imaginadas, pues secreta humedad el vendaval de los arco iris apaciguados por la rebeldía de los ojos.
 
II
Aparece el día y me estremece su altar de termitas que huyen por el fantasma del alcanfor; y alza su voz el campanario que derrite el eco envasado con botellas sin códigos ni naufragios en un mar aplanado, casi de cementerio, en que los gallinazos reinan con ese ojo siniestro de no compartir los despojos. Entonces las escaleras rompen las vértebras ilatorias y cae la fe hasta el más profundo misterio, o avanzan en punta las agujas que se oxidan con el oficio de mis relojes.
 
 
 
 
Hijo de la palabra
 
Mejía Sánchez miraba "un tigre" en los ojos, y abrió zarpas para el amor al hundirlas contra su propia memoria. Un animal de rarezas, acostumbrado a perseguir y ser perseguido hasta donde se pierde la medida de nuestro miedo. El descubrir nuestro felino es oficio para el ojo que enceguece la vida, o se hiere con el tajo de las navajas, cuando nos vence la muerte sin acabar el poema. Ojos para qué los quiero, digo: !Tigres! Siempre espero la cacería y cazo siendo atrapado al dudar si la noche es el día o lo que me permite hablar de zarpas en la vida. El misterio y el alma, las rayas que nos evocan a los padres, digo: hijos de la palabra salen palabra, hasta descubrir el abismo que nos intriga o ascienden como de la nada. Aquí estamos, poeta Mejía Sánchez, reuniendo silencios y reagrupando, con la lengua que continúa, el pedazo de nuestro caos.
 
 
 
 
Apología del búho
 
En mis manos palpo una y otra redondez; toco el trajín de luz y la tiniebla. El animal de los sueños bajó del cielo. Una elegía roza las garras del búho que llegó a mi ventana; mientras con la otra canción sin destino nace y muere, y descubre su ojo de luna en el amanecer de las tentaciones. El poema es epitafio y la agonía. ¿Cuántos nacieron o murieron en el vuelo sincero con dolor de pubis amándoles la espalda? Quiero a este animal como a la ciudad que me levantó del alba, o al demonio que sepultó su vuelo con la ceniza de los escombros. Odio a este animal, su guerra que no cesa y la ruina, o la ruz que arrancó astillas y marcó uno a uno mis poemas.
 
 
 
 
Controles migratorios multinacionales
 
Desde las gradas del desasociego el mundo es un trozo de vidrio molido para ahogar a los desahuciados, un monitor libre de los impagables minutos para leer poesía en los textos electrónicos; desde la grada del templo de Magdalena en Masaya la vida parece una broma mal remunerada; parece un pedazo de sombrero inacabado, un zapato en la nariz plástica de la modelo implantada para las revistas mundializadas, y el coffe macker compite con los cocineros y las ficciones del salario, mientras un no poderme colocar los anteojos impone la ceguera de las pesquisas en los ofensivos retenes, en que la esperanza muestra tarjeta de desplazado por las fronteras del mundo donde primero es terrorista quien tiene estatus de pobre.
 
 
 
 
Memoria
 
I
Las piedras son olvido y tiestos triturados; fueron nostálgicos espíritus que flotaban como murciélagos, cuando se debatían en la penumbra para no aparecer tristes ni desolados. El azar rompió los cuencos en que el agua del indio se la bebió el tiempo. El cielo sirvió de epitalamio a la flor de palo, al color albo que bajó desde la luna con magisterio y danza negra de las iluminaciones tribales. Las indias, para mirarla, se desnudaban los pechos y la flor descendió hasta su vientre para que los hombres, encima de sus muslos, marcaran los deseos con saliva y descendencia profana.
 
 
II
En el trozo de arcilla un ojo de pájaro guerrero daba vueltas a la rueda del jade y los recuerdos; llegó un olor a licor de maíz, una caída de tierra sobre los muertos quienes mudos reían tras la máscara de jícaro;
 
 
III
y siguieron llegando sombras al hallazgo para reconocer el desatino y sus rostros, o quizá postergar la redondez solar en el misterio. Oí voces, hasta formar collares de secretos viejos que medían la memoria a las fosas.
 
 
IV
Frente a los volcanes Masaya y Santiago, vibraba una vitrina de tesoros artesanos; un júbilo de trípodes de San Juan de Oriente relumbraba con etiqueta de precios: y no era la muerte del oro para desheredar el reino aborigen... Quien los compraba pagó con tarjeta de crédito... así recreaba el mundo globalizado con calculadora y una decorativa conciencia en los ojos.
 
 
Elegía para el aire de Joaquín Pasos
 
I
El aire que nos queda vamos a guardarlo entre líneas y las manos con tierra amada, con distancia y desnudez donde asoma el sueño. Tal vez, si sobrevive la ilusión de entrar de nuevo la casa paterna, busquemos el fulgor de la infancia, y sintamos que al balancear la silla de palo reagrupamos los desechos del alma.
 
 
II
Habrá habitación llena de luz esperándonos. Al amanecer, lanzaremos nuestro pecado con la culpa apelmazada, y se hará calle: la palabra abrirá palabras, por habernos quedado dormidos mientras el aire daba manotazos y se moría; o llegaba con la lluvia y los raudales que nos recordaron la pecaminosa selva donde deseamos ser la balsa de agua que nos relee la memoria, o concede la certeza de encontrarnos en la neblina mientras las horas pasan discretas con saltitos de cabras lechosas que reptan hambrientas sobre las altitudes de la sombra.
 
III
Pero no escuchábamos. Se sobrepuso el resbalón de las cabangas, y mansos nos recostábamos a las paredes donde nos vieron comadronas con llanto de poetas solares, tratando de balbucear que el viento se alimentó de miseria entre música sorda de soledades, barrancos y marimbas, y niños que vomitaban sangre de sus pulmones en la consumación de la infamia: era extraña la pobreza con nubosidad de padrenuestros, procesiones y trago, y más pobreza sin versos vitales.
 
 
IV
Entonces, Joaquín Pasos, no hay duda de que el viento se teñía con miseria moderna contra la que vos ahora romperías de nuevo los tambores, afiebrados y picantes, porque en nuestro país escaseaba el aire mientras vos, desde antes, ya reconocías que con aldabones la media noche restallaba con tu risa y fiesta perenne de darle a la grey y al alba el inusitado poema.
 
 
 
 
Tríptico, hombre y toro
 
I
El pañuelo rompe el aire como difunto conmovido o cuchillo, y anuda su miedo; la muerte y la duda, el hombre que cabalga sobre el lomo movedizo de la bestia encandilada y la baba azufrada del asedio: bramazón, la fuerza dominada por el montado, su risa trágica, el viento hediondo a guaro (como púa y el valor que aguijonea el griterío); cuerno que horada los asombros con fantasmas. Se levanta de la tierra una pestilencia, cascos y orines; la hombría y el orgullo ruedan vencidos. El suelo asedia las patas y pezuñas, busca el honor del monta-toros. El hombre derribado se retuerce, rota la quijada por la impotencia y la cornada victoriosa del astado.
 
 
II
Hay fiesta y dios mundano para todos, el pueblo gime ensombrecido; convoca su redondel, el jolgorio universal y la muerte. Van a la lucha del toro y el hombre (enemigos del pavor); sienten el rostro del miedo cegado por la barra angustiada. La paz del corazón y el temor para que termine carnal la pasión, con música, ovaciones cuando concluye el duelo. La espuela hiere con fuego el costado del semental, las manos rompen paisajes en el vacío, o controlan la soberbia carnosa del astado. Las piernas, las amarras temblorosas y costillas del cuadrúpedo giran, se sacuden; saben de testículos que juegan; conocen en ambos la muerte del minotauro, y llega al final la vergüenza que asola.
 
 
III
Al hombre y el toro no los desata la sangre; respiran aires enemigos y lúdicos; huelen su derrota en las espuelas; o pasan el tiempo temiendo la victoria. Enfrentan antiguos recuerdos, los acosa el insomnio; tocan la luz de sus ojos. Un bramadero y el grito hediondo a muerte-quirina es redondel del hombre y la mujer impávidos hasta que triunfa la muerte. La consorte del astado espera como alba antes que canten los gallos. La mujer del montador reza antes que enluten su puerta. El silencio abruma al torero, quien ama los duelos; y no amanece su destino si no está oyendo bramidos o amarra la soga a las puertas de su infierno.
 
 
 
 
Olorosa a fresas
 
Insisto, es la misma mujer. Todos la deseamos y ella se da por enterada por las apetencias masculinas; taconea, levanta hombros, desata calamares con las piernas, deja rastro y pantera con rugido de muslos en las entrañas. Insisto en la mujer misma. Supongo que ella adivina mi deseo, lo provoca con pavoroso escote, henchido labio, pómulo de amanecer africano y estómago de abeja paralizada. Pero el misterio de su belleza pocos lo disfrutan, cuando la electrizan con piropos obscenos, y ella pasa rauda, olorosa a fresas que carga desde el supermercado, como si estrujara un libro tembloroso con poemas.
 
 
 
Cada vez
 
En Nicaragua nos asomamos a una ventana y vemos tierra con zacate y centauros cada vez que baja la luna y se oyen relinchos locos; relinchos para preñar los reflejos; relinchos para ensordecer la nostalgia. Cada vez, cuando vemos de reojo la calle, están los perros flacos parodiando la inspiración de la mañana y dan mordidas azules con las pesadillas de nuestros fantasmas.
 
 
 
 
Un pájaro
 
Un pájaro rojo atrae a otros pájaros que vuelan a otros árboles en las frondas que se parecen a lo que parece no estar vivo; a lo que no se olvida; por eso alegramos los ojos y volvemos a recrear la infancia entre recuerdos y pensamientos que nos enseñan a releer los secretos para que no los deseche la memoria. Entonces, cada cosa tiene nuevamente definido su nombre. Con la vista diestra un pájaro redescubre otros mundos en lo que fueron esas otras cosas del mismo cielo y el mundo.
 
 
 
 
Boxeo
 
¿Cuánto golpe fallido existe en el ranking de la duda por no saber si fue el destino quien nos arrebató el cetro a la gloria? Hoy he sido el vencedor y sufro por el músculo de la desolación. Con el gong impostor restalla la campana, y aparece la corona mundial de los vacíos, con el desvencijado anuncio en la arena de la cordura. El coliseo mortuorio anuncia defunciones en los tinglados, donde la mayoría no tiene boleto para dar fe de lo sucedido: a poderosos y pobres los vencerá la vida.
 
 
 
Paloma póstuma
                       
                               A Juanita mi difunta esposa.
 
Abrí los ojos en la ribera sur del lago el día que iniciaste el viaje. Un aletear a ras de los cañales, un verde seco y humoso; un beso por la costa hasta Granada. Te vi alas,  vi el deseo del sol. Conocí tu destino recorriendo huertas de mandarinas, vahos azules, gritos de amor con los clarineros en los laureles de la india; toqué la sombra de los bahareques, celebré fiestas de naranjas y marimbas en Masaya. El cielo y un rumor verde de laguna; volví al niño cazador, volví a ser el pez del silencio y la blanca sombra de las garzas. Quise imaginarte en el sueño de la gran culebra que salía crispada del deseo para anidarse en el agua. Mediodía en Managua, centro fugaz de tus ojos en ascensión con pecho redondo y rosado, y un lago para refrescar las alas. Vi júbilos descendiendo en las islas. Conocí el misterio salobre de una sirena, hermética en la eternidad, con espejo de mar en la espalda. Toqué las puntas de nuestros sueños y cerramos los ojos como palomo y paloma.
Febrero, 1995-2006
 
 
 
 
Neoliberalismo matemático
 
El inhumano negocio y el universo. Arte del engaño que se explica con el neoliberalismo matemático. Se vuelve dato la inteligencia: uno más uno no da dos destinos, sino cosa o mercancía con anulación del otro: nuestras mujeres pobres miran
y se aferran a la esperanza como ventanas rotas de metrópolis o abstienen darle amor al útero: no más niños; que la otra criatura
no usurpe el patrimonio tenebroso de ser una tumba a costa de la otra. Pero al final de la historia el neoliberalismo se vuelve depredador en su propia matemática.
 
 
 
 
Anti-apología
 
A Juan Carlos Vílchez, Iván Uriarte, Alvaro Urtecho, Gustavo Adolfo Páez, Manuel Martínez, William Valle Picón, Francisco de Asís F., Gloria Guardia, Franz Gálich y Erick Aguirre... con el soplete y  la llama de la poesía.
 
Debimos nacer por reducciones del destino. Nos acompañamos con palestra propia para no involucrar los egos en extraño camino y símbolo mezquino del sacro ícono. Del poema es la culpa. El convite es de soperas y umbrosa fama; por razones de tiempo asumimos argucias del Güegüense. Debemos adiestrarnos, pulir los huesos con flacuras. Si pudiéramos, tapemos el sol con antiguos maestros y báculo de relamida pestaña para invocar la camorra de los candiles con rebeldía de lo que un día amamos. No nos queda más que dar las tres vueltas del perro, oler la placidez para remendar la atarraya y la memoria. Todo esto lo hacemos porque los amamos; vaya y con respeto, para romper límites de cal y arena; vaya y con los bordes del epitafio, sin tramar ningún crimen de lo que más se ama; vaya la promulgación de otros paisajes. Es como alistar las armas, los oráculos de las vacas gordas y flacas o atriles de  bibliotecas con caldo de huesos memorables. Si los veneramos  atisbamos nuestro insomnio. La grey desanda caminos con palancas y ganzúas; la grey grupera y verbal, la grey del acento que no se aguanta: hiede a muerto celeque el estilo que se copia "el muerto al hoyo y el vivo al bollo." La gloria es dolor en la piñuela, bramadero del poema clavando espuela y visiones. Chupamos la teta seca de la tristeza, bebemos del agua que se zafa, batazo en la crisma cuando lo queremos, sopa de chombón y luna para las inspiraciones; "el gavilán con caldo de pollo en la resolana"; cielo del que bajamos con más hambre, sobre los adoquines y el centauro que relincha con ardor de sarna en las ingles. Lo que todavía no se ha escrito se cocina en el saco de gangoche: un zopilote cisne pendenciero y lo reconocemos desde adentro para afuera, o desde afuera el íngrimo azul de la computadora.
Rivas, Nicaragua - San José, Costa Rica,  Dic., 1999-2005
 
 
 
 
Conducción del deseo
 
                        Para el poeta Mario Ulate en su noche de palabras.
 
Asistimos a la noche seducidos por el espíritu, en perenne conducción del deseo empecinados en recobrar la memoria, y el remoto reloj con aldaba que llama a la nostalgia. Visiono en sus penumbras un  caserón con chillidos de ángeles y fantasmas. Sobrevivo oyendo al robusto corazón con niño, lejanías y bruma verde, o fulgor del mundo entregado al estremecimiento y al caserío defendido con palabras. He podido armar el tiempo migrante de las gaviotas con nidos de arena; he podido escuchar el caracol en la concha de sal y el silencio enroscado al velo terrestre del mar... Y regresa el poeta a releer los calendarios en la placidez solariega del traspatio: la seducción del verano es la mujer que ama a su juglar porque le conoce el corazón y lo desnuda con caricias de candiles apagados; es la sombra inevitable de los sueños, es el hechizo en el espejo del desvelo; es la calle con peregrinación innombrable que predice la resurrección, y oye el gallo de luz en la fiesta hogareña; y al final de la vida,  profano, retoma su cielo con el montaraz poema.
 
 
 
 
 
Tutoría vegetal
                       
A la poeta Gioconda Belli, abadesa del amor,
una vez releído su libro Sobre la grama.
 
Son tutorías del amor, visiones y guanábanas después de regatear la pasión en el poema. Será entrega diáfana como palabra, suavidad del pétalo, balanza dulce de la carne...  la blandidez secreta y femenina con redondo sueño del verde seno y escalofrío bebido en las valvas del ensueño; alta en la grama del tiempo, mimosa y acurrucada. Solo el aire del misterio la posee, no hay quien la toque a destiempo si se resiste y muere con enjambres; flota con señorío de muslo y se entrega a la selva y el alba. Espera y ama, y se desvive en savia bautismal para el placer con hilacha del eros literario y sin memoria, con lunar disperso en la piel, pues solo el verde perfecto muerde la boca del espíritu celeste que vive y sacraliza lo terreno.  Se torna núbil y hechicera, uña y carne adobadas en dolor de haber amado, y hermética dulzura de la metáfora se abre al placer y hambre del poema. Es mujer con pedúnculo y cielo, y la espera sobre la grama.
 
 
 
Mandarinas
 
Aroma anaranjado y viven. Aspiro la pasión y me provocan; aroma que disfruto en la cúspide de la lengua con regusto insaciable, cuando hundo el dardo de saliva en la abertura azucarada. Su cuerpo redondo y femenino enamora premisas para encender el candelabro tropical de la noche con sabor a luna, desde la niñez y las ventanas. La pulpa del coito apetecible; jugosa y perfecta al morderla, infierno al paladar antes de amarla. Cuando trituro los gajos escarchados rompo el cristal y la felicidad; lamo y remuerdo esa entraña. Esta mujer oficia el amor con secreto vegetal porque la infelicidad no la agobia; esparce en bandada el olor a mujer con apetecida ondulación de mandarinas.
Pecado
 
Las voces y la felicidad con desnudez excitan apenas asoma el deseo, ofician ritos y callan después que nos besan la carne. El cielo, con la complicidad de los infiernos, se vuelve pubis y huele a entrepierna. La virginidad de amarnos se defiende sin escándalos; no hay susurros en el barrio, ni cortinas que disimulen que dejó de ser virgen. Desnudos, y cuando poseemos tiempo, miramos la extensión crispada de los muslos y conspiramos para que nos recuerden; por eso sabemos que no hay pavor para saciar los coitos que disfrutamos en los resquicios de esta ciudad que nos desoye.
 
 
 
 
Mordisco
 
La memoria del miedo a lo prohibido. El amante y una vida en el cubrecamas; procura que la paciencia desborde imprevistos del insomnio. Siempre una explicación. Es maestro en desnudaciones y va más allá del pubis, a la felicidad de los ojos; sus vértigos la confesión en los labios. El amante desataba torrente de calamares y redescubre el mar en la sábana. Siempre tiene a mano el mordisco felino y un cofre de lunas que, para ella, pocas veces se abre.
 
 
 
 
Circos

 

I
Espectadores buscan ganzúas y ciudad; comparten aliento de circos viejos; imitan descalabros y riesgos trapecistas en la procesión de la fe bajo carpa con sarcasmo tenebroso, esqueleto y mentiras;
 
 
II
los espectadores de nuestra ciudad miran mil cruces de ceniza en su puerta, temen la lista de los perseguidos o estupor venenoso de la molicie...  Los defensores del espectáculo consultan manuales de nigromante, descabezan soñadores sin que sospechen pandemias virtuales ni la nieve; disfrazan laberintos con vértebras neuróticas de  celeste buitre.
 
 
III
Un carrusel de asombros traba y rechina con recuerdos, caballos torpes del Apocalipsis y tropiezos con daguerrotipo; relincho sobre la tarima giratoria y destino apretujado en la mandíbula de quien asiste a su propia mueca;
 
 
IV
los espectadores de nuestra ciudad presienten carpas, endosan miedos; van cayendo sus cabezas con oficio perturbado y saltimbanquis o costillas flacas de asnos y monos para morir víctimas del desaliento:  letargos, fosas televisadas y bordes de ilusión, con sepultureros que salen de sus jaulas y juegan en los circos donde ofenden, inocuos, su calavera.
 
 
 
 
Evocando a François Villón
 
Carlos Calero no ha buscado la fama ni las cortes, y así lo muestra su huraño temperamento de gato casero, pero no falto de destreza para penetrar los inusitados misterios y adobar el amor en la carne o los huesos para dejar la marca de su memoria en Monimbó con reflejos y barrancos y tintineos de vasos ochavados con el jugo de la granadilla o el cacao o el dulcísimo tamarindo merodeando la punta de la lengua que bien o mal ha usado para no olvidarse de sus muertos; aunque nos atosigue la actitud de los poetas que buscan como acomodarse a cuenta suya y aunque para ellos esto vale en estética poética; pero también Calero cree en la historia y los laberintos planificados como juego perverso que manosean el destino  (no estando éste adobado desde adentro) y la razón de ser pobres, pendencieros, yo-que-pierdistas, a mejor tenor bebedores de guaro y poetas con almendros y garzas bajo los atardeceres rubios como cabelleras acharoladas de tiempo vivo, sobre los campanarios y las plazoletas del azul, misteriosas o habitadas por la soledad que atormenta mientras roemos el déficit de la esperanza con un lejano responso de marimbas bajando o subiendo hasta el dolor anémico en los ojos de una niñez, o el que se cree joven para contemplar su vejez adrede con espejos en los charcos urbanos de un olvido alérgico y la conciencia de quienes organizan las festividades o el deporte para distraernos con orgullos lentos que no van a la raíz ni explican los lamentos con cicatrices que perduran en los tumultos del insomnio, mientras una procesión de espíritus desata carretas nahuas y azuzan a las lloronas mientras los cadejos sugieren el imperio de las máscaras porque la verdad es de quienes mueren al margen de los epitafios oficiales o el reparto de la pobreza precipitada, succionada con tratados de la modernidad colonial al paso y ritmo de la “perra renca” que rasca su sarna hasta sangrar con tufo de chequeras y componendas; pero la pasión apremia al cisne en duelo y se levanta el azul dariano con lluvias matinales que enamoran almas y deambulan inocentes o pretenden la viveza mal entendida del güegüense que azuza la zopilotera contra su propia descendencia. Carlos Calero no se compara con Villón, cada quien con lo suyo, en sales y escozores distintos pero apremiados por las mismas calaveras que amenazan las baladas de la felicidad mientras pasa el tiempo que no se siente, pues nos persiguen los traga-miserias con prisas y urgencias urbanizadas y legalizaciones que proscriben el ocio del merecido descanso a costa de una producción acelerada en términos de riqueza acumulada sin prorrateo en los estómagos perforados que deambulan en los molles y supermercados con el recurso de los asaltos y puñales o el arrebato siniestro de los barbitúricos y la “palomita guasiruca” que se nos escapa a lo largo y ancho de la bandera y el óxido de los fusiles y cañones para agachar la cerviz de las monedas que marcan el corazón y las lenguas censuradas porque no hay palimpsestos de heredades por aquello de “coyol quebrado coyol comido”; y huelen a muerte los desheredados cuando el sepulcro restalla en pavores y se leen en el municipio de las ilusiones osarios seductores, coca cola para los calores porque la ola sísmica de los empréstitos crece en subterráneas reparticiones con estándares de vida que solo calzan en los informes presidenciales con multiplicaciones fantasmas en crecimiento de nostalgias y desamparo sin poner la piel roja y la desvergüenza con ajustes matemáticos en la sordera y la miopía de los ridículos remedos imperiales para engrosar el patrimonio personal con la sangre del hueso de los asalariados, sin que la “mano de luz se tienda sobre las fieras” pues se ha eclipsado el sol con harapos de las “divinas banderas” porque le han mercantilizado el cuello al cisne los eunucos empresariales sobrepasados de casta y orgullo nicaraguano cuando se trata del rostro doliente de Nicaragua.
 
 
 
 
Nos gusta idolatrarnos
 
I
“No sabemos decir cómo ni cuándo”, según el escozor de Saramago. Entonces esgrimimos los teoremas, esgrimimos las argucias estratégicas, el ego crispado para las batallas interiores; procuramos el milímetro extra para congraciarnos con quien administra tu salario. Nos confunde el laberinto del cómo y el cuándo. Entonces nos quejamos, sentimos que la paradoja de la mandíbula mastica vía contraria, o que la felonía celestial hasta conspira para olvidarnos.
 
 
II
Entonces, tiene sentido el cómo y el cuándo, pero no lo aceptamos. Respiramos paralizados por existencialismos y asumimos la fe; buscamos el epitafio del hueso esquirlado. Nos involucramos con proyectos personales, pero no salimos a la calle para conversarlos; nos gusta el aposento, la buhardilla, el sótano, la misoginia; nos gusta idolatrarnos y aún así nos llaman poetas, con sordidez y predio vacío.
 
 
 
Con menos suerte para ser enamorada
 
I
No hay suerte puramente repentina en los bulevares, no hay ojo de gato cerrado por los golpes del asombro al mediodía, ni luminaria requemada en los altos cielos, ni un presentimiento en los bolsillos, o la placa de un automóvil, ni el vuelo de las palomas hasta las cornisas erosionadas del Teatro Nacional, y como acto supremo nos cae la moneda para echarla a la planicie verdosa, erizada con bucles rabiosos o contenidos, mientras la mano saca los dedos de la fuente terriblemente contaminados.
 
 
II
Parece lejano el bullicio azaroso de los inocentes, la urdimbre en la crispada ciudad capitalina; los viejos teoremas del tiempo ya achacosos para no volver a la victoria celebrada por la memoria. Pero aquí está nuestra ciudad, imbuida en sus embrollos de hediondez y vendedores ilegales saltando como gotas de lluvia, cuchillos insinuados detrás de los chinamos, el tubo de metal y la chispa del crack, o la quejumbrosa cadera de las “damas de la noche” que deambulan con encía desdentada, rotundamente sepultada en la banqueta de cemento frente al monumento de la soledad y el peregrinaje de los desolados.
 
 
III
Los billetes de lotería abanican corazones ambulatorios, abanican los globos extraterrestres que rutilan contra el alambrado de alta tensión, y un unicornio de acero cromado viaja en la punta sobre la tapa de un automóvil de lujo. No hay suerte puramente repentina... con disimulo un hombre invisible saca naranjas pútidras de los depósitos metálicos para la basura. La suerte loca caracolea, hace rechinar sus alas de libélula; con la bella sonata de los suspiros contaminados sacamos el libro de poemas; con los tambores de la alegría desechamos los pasos de la nostalgia, con los cajones de los heladeros nace una petulancia de belleza urbana, con las rimas solares y el soneto de la vitrina refinada empieza el grito de los silencios, con espigados demonios nos torturan el seso cervantino; con la madre mentada a los políticos el copo de sol se derrite, con todo y el nigromante mundializado apesta la mala suerte; por eso la suerte no es algo puramente espontáneo.
 
 
IV
Del círculo de cemento se levanta el odioso olor a pescado y escabiosis empozada, el hedor a nidos de algas envejecidas, a una ciudad cada día más sufrida y con menos suerte para ser enamorada, mientras los fantasmas guindan de las telarañas y los viejos relojesolvidan el campanazo meridiano y el amor acostumbrado a la calle.
 
 
 
 
Faltan los botones
 
I
El momento de la analogía, el instante de la visión solar, la hora de la reflexión contra el peso urbano del mundo; la hora de escupir sobre las maceteras en verde, entre la quietud sospechosa y la tarde. El guardarropas acecha con empecinamiento y ojo de cíclope; hay un frío de cartílago roto, un pedúnculo de sensación muerta; un frío particularmente vacío que llena el dormitorio con el método de lanzarnos a la cama para rebobinar los sueños en versión de servilleta blanca y labios untados con vino.
 
 
II
En posición de murciélago pende la camisa, la camisa que se empecina en ser símbolo del manso espantajo; símbolo posicionado en el diseño de la tela blanca, celeste juvenil, azul poético, verde y rayas acebradas... en el trópico. La camisa abre las mangas, las extiende a lo largo de nuestra biografía ocular; camina en el tiempo y el tendedero sin medir la sombra que se desgaja líquidamente. Con ingratitud, la imitación aturde, incomoda, serviliza el trazo de la línea sencilla o maestra con que escribimos que a la camisa y al asombro les faltan la ficción de los botones.
 
 
 

 

 
Inteligencia
 
I
La inteligencia desenvasa con estupor de asombro la sospecha, el escondrijo, la mano cubierta o lampiña, el tragamonedas frente al desocupado, el aura y una familia en los nichos del pasadizo imperial, la liviandad o centro del ego amenazado por la inminencia de los justos en el purgatorio.
 
II
Saber o no indagarse para administrar el ataque del antípoda es el asunto; no creerse el desentendido, con gesto de sombra o el punto en la mirada aterradora, con pasillo pestilente o posesión de los laberintos y leyes locales para la mordaza, para los académicos corazones chamuscados: esta es la inteligencia predestinada al subterfugio; a la familia del colmillo ostentoso, a veces, sobre los umbrales ciegos de la plebe insomne, y mitos con caudillos petulantes en las academias económicas de un siglo predestinado a la avaricia.
 
 
 

 

Versión de paloma deshuesada en las fauces de un gato
 
I
Nos paraliza la versión de una paloma deshuesada en las fauces de un gato inhumano. Visiono el peligro de los colmillos ocultos; el estridente y amenazador sello de la muerte sobre el horizonte de los intersticios, un nubarrón y la transparencia desacostumbrada. Tiembla una aldaba con la esperanza de los ecos, con la marca absolutoria y el gotero de la sangre escurridiza; con la cruz del cementerio profanado por la poca fe o el abismo del crucifijo boquiabierto entre las partículas del dolor que lo hicieron cautivo de las soledades; y luego propuso el modelo de conquista lunar con bandera movida por la parálisis del aire.
 
 
II
Esta es la versión de una paloma deshuesada por las fauces nocturnas. El atrio carnal permite abrir la paradoja de la mandíbula, para cortar el paisaje con aliento de músculo felino, tibio y amatorio; más allá de lo que argumentamos adorable; o imbuidos en las latitudes de la imaginación rotatoria, con chispazo o penumbra que enciende el ojo del apetito animal y la arcilla de Dios.
 
 
III
Esta es la versión que no versa con vertebrado daguerrotipo, la galería y memoria aleatoria, como tampoco la huella, el paso, o repaso de los orígenes del abismo; con la versión del gato con paloma y estela escurridiza, y noche del juglar en el ojo, sobre la techumbre y los fantasmas, o la distancia predecible del alquimista indeseable, o la retórica del poeta inconfeso.
 
 
IV
Anti-paradoja:
El gato y la paloma se aman por odio o sobrevivencia paradójica; trastocan, el uno y el otro antónimo, su propio símbolo refractario: van al amor gatuno y emplumado, con celada de ala y colmillo cegado.
 
 
IV.1
A vista y paciencia ciega, la paloma decide cazar en la claridad de las urbes; a vista viva el gato oficia flotar sobre la tiniebla.
 
 
IV.2
Ambos hurgan el sueño, se complementan o colisionan, son incoherentes y discurren; no dejan una palabra sana, ni bulevares ornamentados con el tedio; tampoco la prisión del linotipo en las vacías oficinas del latrocinio.
 
 
IV.3
Inventan el mar con la saliva espumosa, con la lágrima forzada a contracorriente del deseo. Uno se despoja de la pelambre y la otra maúlla con gorjeos: todos entendemos el juego, porque esa es la tragedia a contrapelo.
 
 
IV.4
Esta es la versión de una paloma deshuesada por las fauces de un gato poeta: el juglar esconde en su tintero la técnica del vuelo, la anatomía aérea con la variante milenaria de plumón y los aterrizajes. Cruzan sus velas, sus puertos ciegos, cruzan los matorrales del alba, los huecos viscerales en las paredes; cruzan la huerta azul del espíritu y los resplandores, los aceitunos cabizbajos, los malinches afiebrados, los tapiales; cruzan las salas con fermento pútrido, el vómito de las quimeras, los caldos desechados: ambos tienen su propia travesía y no la confiesan, se la guardan para la última batalla.
 
 
V
Anti-moraleja:
Siendo siameses del plumífero y vertebrado nocturno con la garra y el rabo desplumado, no actúan como petrificados pedagogos, no ofician la concordia a medias, no esconden las banderas despobladas ni el asta frontal de la palabra, o el préstamo del gen primitivo, la molécula del corazón encabritado, el cromosoma de la virtud o el alma;
 
 
V.1
no especulan con el engranaje ni la ecuación trastabillante; tampoco un imbricado ícono para la paz y la guerra del solitario. 
 
V.2
Esta es la versión de una paloma deshuesada por las fauces de quien mete el hilo por la aguja, y en el otro extremo de la historia irizada encuentra ciudades con ave fénix afiebradas y los gatos metidos a poetas, que sacrifican sus siete vidas cuando nos atosigan las palabras del formato contra la vida.

 

 
 

Copyrigh© todos los derechos reservados por el autor