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Beatriz Hernanz Angulo
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Antología poética |
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Nana, niña, nana. La nieve envejecida de la plaza. Amaina el fiel invierno en la luz cansada de diciembre. Se duerme tu nombre, niña, en una ciudad de silencios de agua. Nana, niña, nana. el tiempo se disfraza con tu infancia. Y con calma trágica, detiene a aquel gato rubio y solo, domestica tus sonrisas, deshila los volcanes más huraños. Nana, niña, nana. El mar está elocuente en esta noche. Con su camisa blanca, canta, aterida, la sirena, en la raíz de las sombras, -camelias de sangre y de relámpagos-. Nana, niña, pena. Niña, nana, agua. La vigilia del tiempo” Madrid, Rialp, 1996 Qué hay detrás de tantas vidas perdidas la nitidez del engaño, el hielo oscuro del infinito, el terciopelo ausente de las caricias. Raptada por el invierno, qué fiebre cultivaré con elevación. Delfos sólo trajo la mansedumbre, el espejo encubierto por las montañas. Necesito el reposo de las tinieblas, -el cielo cada vez está más alto-, las lámparas inquietas ribetean las sombras familiares y sumisas. Llevo un abrazo olvidado en mi seno, pero un crespón de cenizas abriga mis entrañas. “La epopeya del laberinto”, Palma de Mallorca, 2001) Guardo, recóndito, en mi pecho, Como una novia de otro siglo, Un silabario de infancias y de risas, Un tiempo extraño que daba al norte Un adiós aprisionado en la espera. Los espejos tiemblan en las casas Antes de cambiar el mundo, Y hago mi viaje en la médula del cielo. Se muestran, a lo lejos, Las mentiras que no me callo. -Sin la risa no hay besos ni palabras-. Palpo mi rostro de antes En la hendidura del poema. Preparada para vivir, Arrincono los espejos En ciertos lugares de un poema Que nunca escribiré. Dentro de mi silencio Habita un nombre Que madruga a sus razones, Que desnuda la sangre de la rosa, Ebrio de anillos desgarrados y de himnos. “La piel de las palabras”, Palma de Mallorca, Calima, 2005 4. La tristeza se viste del color de los deseos desterrados... La tristeza se viste del color de los deseos desterrados. Es el feroz desnudo de aquella casa, cargada de inviernos, vacía de muertos, amueblada de infancia. -Cruel inventario de derrotas soleadas-. Un hombre solo, pálido de quemadas cercanías, acuña penas, como monedas o sorpresas, naufraga en la espesura violeta del olvido. Por el pecho de un árbol va el eco absurdo de cenizas sin horario. Con rencor de escarcha mordió la noche su intruso amor, callado y libre, alto como las sienes fatigadas del silencio. De "La lealtad del espejo" 1993 5. Me habita el mar, con desorden de estrella... Me habita el mar, con desorden de estrella, precipitadamente rubia, y el aire de sus muertos me golpea, tiritando callada y sorda espuma. -En los peldaños violetas del cielo, la noche va cerrando sus ventanas-. Nada hará la tierra más amarga: ni el metal desvanecido en su abrazo de invierno, ni una vegetal, terrible desnudez de luna y sangre De "La lealtad del espejo" 1993 11. Vendrá, vendrá el amor, -seguro laberinto-... Vendrá, vendrá el amor, -seguro laberinto-. Descorriendo sombras, jarcias escarlatas, como julio mil espejos entreabiertos, -dulces añicos de luz atrapados por la brisa-. Huele a sol. La calle, cómplice y ensimismada, nos conduce por los recodos verdes de la dicha. Azul, demasiado azul en el lento horizonte, impulso de mar hacia los estambres de la noche. La calle, sabia; el paso confiado, sutilísimo, hacia la ribera irresistible del sueño -celeste llave de luna y de cometa -. Con vértigo restaurado, pude leer su voz, cerrado abanico, cercando al insomnio en la palidez oculta de unos brazos. De "La lealtad del espejo" 1993 1. El dolor escoge sus ciudades... El dolor escoge sus ciudades, el asedio aplaca sus heridas, el amor persigue sus batallas. En el feudo de tus manos, -crisol de cenizas y llantos-, perdura el olvido y sus cautelas, languidecen augurios delicados. Dilapido ausencias, transijo con la nada. Pájaros lentos ofrecen su cuidado. Dreno los aljibes oscuros de la sed, la oblicua noche del regreso, las imposturas del tiempo, la quemazón de los retratos. Te miraré otra vez, en otra noche de desamparado rasgo. Se columpia sin prisa la ternura, me pruebo otra tristeza con la distancia de un presagio. De "La vigilia del tiempo" 1996 VIVO Una luna de alfanje corta el valle de Morna. La húmeda niebla envuelve el asiento trasero del destino. Una hoguera de almendros esclarecía el desamor. El viento se acerca, como una presencia infinita. La carretera serpea en la distancia, como los cuerpos olvidados que van a dar al mar. El fósforo de la tarde se dilata en los campos, y el mar hace creer en otra vida. Suenan, a lo lejos, los tambores de la playa, una pavana ausente, el agua desamparada. Las palabras comen de tu mano, como gaviotas de fuego, como úlceras de la madera. Tañedor de cuerpos, tu tez se ilumina en la brisa y en la pena, aldaba de la lluvia. Pero la isla se cierra, como un amante, sobre sí misma. Recordó la noche en que casi perdió la razón. De "La epopeya del laberinto" 2001 LENTO Un bosque de cuchillos ciñe un traje de novia. Es la patria del fuego y la ignominia que habita en los suburbios calcáreos de la memoria. Los pájaros siempre son una despedida, silente y pálida, como ciertos atardeceres en el mar. Crece un muro con la lumbre del abandono, con las palabras del fango, —tinta de la sangre o de la piedra—. Las manos viven dentro del espejo, desatan sin asombros la crueldad del estigma negro, de mares de furia estéril. El velo está roto y en silencio. Los puentes se extienden como tigres en el ocaso. Pálidos musgos y pianos enredan un aire antiguo. En la selva cantan los muslos tristes de una muchacha.
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