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La tristeza es un manotazo al corazón,
una suma de siglos en el alma,
el sacrificio de la poca luz
que nos queda.
Por tanto amor
estoy triste.
En el pecho
el silencio
de una catedral
a medianoche
me late
lento.
Esta tarde llueve distinto.
El agua
son las rayas
de todos
los tigres
que habitan el cielo,
las plumas
de todos
los ángeles jóvenes
que no comprenden
su altura,
o, simplemente,
almas muy delgadas,
cayendo ...
La noche es un golpe.
Un enigma incierto
sobre nuestras cabezas.
¿ Dónde se multiplica el rocío ?.
Una ilusión
es un caballo de luz
sobre la duda.
El viento:
un ejército de jinetes invisibles
El viento: empuja, choca
con todas las cosas se mete.
El viento:
una hélice que cava un túnel en
el agua.
Hay un desierto reconocido por la
arena,
un cielo paciente, guardando
agua,
una carta sin terminar en cada
mesa,
un mar sin olas donde van a morir
todos los peces,
un jardín escondido, donde no
llega el otoño.
Esta tarde se alargan los
sonidos.
Parece escucharse la voz del
suicida que murió de dolor.
Se encendieron los faroles en la
calle, y los peces
resbalaron hasta el fondo del
agua.
En el límite tanta muerte, tanto
cielo rojo,
tanta mancha de sangre.
Tanto límite ...
Hoy, me parece importante el
árbol de enfrente
saliendo de la tierra tierna del
mundo,
mientras sus raíces siguen
enquistadas
como un ancla buscando también su
agua.
Hoy, creo que ese árbol de
enfrente tiene la bondad del pan.
A través de la ventana no puedo
explicarme tanto misterio.
Por eso resisto, agarrado, a este
pocillo de café.
El último vaso de vino, volcado
sobre la mesa parece la noche,
extendida
como una red puesta a secar.
La vida del hombre tiene el
espesor
de la lluvia.
El destino del hombre tiene sólo
una parte
de la luz.
La muerte del hombre tiene la
penitencia
de su alma.
Este día es una copa
transparente,
pero tiene el cielo encerrado en
una caja.
Y estoy aparte,
mínimo,
arrinconado,
como un ojo que no sabe
llorar.
Una línea perpendicular baja del
cielo
y el espacio que separa, ahora se
une.
Termina su cuerpo en la tierra y
rebota
creando este viento, este aire
verde.
Hay un rincón para los insectos,
los grandes concertistas
nocturnos.
La noche y su sangre negra conoce
las partituras y
simplemente, las escucha.
El cielo parece un paraguas
agujereado.
Dicen que la noche es del mismo
color que las estrellas.
Todo el resto es pura
escenografía.
Por eso parece un paraguas
agujereado y se oye
caer el agua.
La medianoche se adelgaza
hasta el segundo exacto del otro
día.
En su superficie negra, perforada
por espinas blancas, un ala, casi
celeste,
nos dice que el cielo no está en
venta.
Si pudiera
entender qué gestos me faltan,
encontrar
el equilibrio de la balanza rota,
saber
la mentira de los santos de yeso.
Si pudiera ...
Esta lluvia tiene la delicadeza
de un agua
pobre de cielo.
La manzana sin luz que es el
planeta,
pasa con sus guerras, sus muertos
y sus documentos inútiles
El trabajo del invierno es duro.
La ciudad funciona a gas y leña
y tiene chimeneas como hocicos
levantados,
que echan su aliento desde su
intestino caliente
a un cielo sin estrellas.
Esta es la esquina donde la
ciudad pivotea.
Bebo los líquidos de la noche y
me voy caminando
hacia atrás, como una rueda
que se incendia, sin remedio.
Tu dolor,
un eclipse fantástico,
una aguja de luz,
otra rosa golpeada.
Tu dolor,
la fuerza de los ríos y sus
pendientes.
Llueve vertical en mi cabeza y mi
ojo,
―que siempre miente —,
se inunda de / con una lágrima y
tu mano
limpia, me recobra del sueño.
La tierra se abre como dos manos.
Una luz bebe lo que queda
de nosotros.
El cielo besa mi ciudad con una
garúa tibia,
enviada por San Pedro o Satanás.
El cielo me besa.
Me besa a mí y mis pecados.
Como piedras nocturnas, estos
días
opacos y estas gotas de vino
negro, caen de cabeza dentro mío.
Esta noche caerán también
ángeles de alas rotas, blancos
como el cuarzo
—o pálidos de muerte ―, a beber
conmigo.
La tarde se estira, larga en mis
ojos.
Lo breve en lo eterno.
Nada más.
Silencio.
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