Antonio Gamoneda

Antología poética

 
 
Incandescencia y ruinas
 
 
I
 
Yo invoco la cabeza
más sagrada que exista
debajo de la nieve.
 
Mi corazón azul
canta purificado por el silencio.
©Antonio Gamonada,
De: Sublevación inmóvil
 
 
II
 
Vándalo de pureza,
hostígame. Si hablas,
yo bajaré mis labios
hasta el agua salvaje.
 
De aquella gruta donde
abrasa la frescura,
ha de surgir un rey
sucio de profecías.
 
Oh corazón que ves
en toda oscuridad,
cuándo estaremos ciegos
en luz, cuándo hablarás,
habitante del fuego.
 ©Antonio Gamonada,
De: Sublevación inmóvil
 
 
 
III
 
Un perro milagroso
come en mi corazón.
 
Ceremonia salvaje:
mi dolor se incorpora
al perro enamorado.
 ©Antonio Gamonada,
De: Sublevación inmóvil
 
 
 
IV
 
En la cavidad que sabes,
suena una voz. Lengua fría,
tú, que silbas en la noche,
metal vivo de palabras,
dime, loco ruiseñor
del invierno, dime, tú,
que quizá participas
de una materia luminosa,
a quién anuncias ya
además de a la muerte.
 ©Antonio Gamonada,
De: Sublevación inmóvil
 
 
 
V
 
Anticanto de amor,
quién te beberá, quién
pondrá la boca en esta
espuma prohibida.
Quién, qué dios, qué
enloquecidas alas
podrán venir, amar
aquí.
 
      Donde no hay nada.
©Antonio Gamonada,
De: Sublevación inmóvil
 
 
 
 
Propongo mi cabeza atormentada...
 
Propongo mi cabeza atormentada
por la sed y la tumba. Yo quería
despedir un sonido de alegría;
quizá sueno a materia desollada.
 
Me justifico en el dolor. No hay nada;
yo no encuentro en mis huesos cobardía.
En mi canto se invierte la agonía;
es un caso de luz incorporada.
 
Propongo mi cabeza por si hubiera
necesidad de soportar un rayo.
No hablo por mí solo. Digo, juro
 
que la belleza es necesaria. Muera
lo que deba morir; lo que me callo.
No toques, Dios, mi corazón impuro.
©Antonio Gamonada,
De: Sublevación inmóvil
 
 
 
 
Música de cámara
 
I
 
Si pudiera tener su nacimiento
en los ojos la música, sería
en los tuyos. El tiempo sonaría
a tensa oscuridad, a mundo lento.
 
Mezclas la luz en el cristal sediento
a intensidad y amor y sombra fría.
Todavía silencio, todavía
el sonido no tiene movimiento.
 
Pero llega un relámpago; se anudan
en los ojos lo bello y lo potente.
La fría sombra se convierte en fuego.
 
La belleza y el ansia se desnudan.
La música se eleva transparente.
Oh, sonido de amor, déjame ciego.
 ©Antonio Gamonada,
De: Sublevación inmóvil
 
 
II
 
Yo, sin ojos, te miro transparente.
En la música estás, de ella has nacido;
de este grito de luz, de este sonido
a mundo amado luminosamente.
 
Y yo escucho después —agua creciente—
a la música en ti: todo el latido,
todo el pulso del aire convertido
a tu belleza, a tu perfil viviente.
 
Tumba y madre recíproca, del canto
orientas a tus venas la agonía,
y tus ojos asumen su potencia.
 
Oh prisión de la luz, después de tanto,
ya veo en el silencio: la armonía
es tu cuerpo, tu amada consistencia.
©Antonio Gamonada,
De: Sublevación inmóvil
 
 
 
 
 
 
I
 
Después de veinte años
Cuando yo tenía catorce años,
me hacían trabajar hasta muy tarde.
Cuando llegaba a casa, me cogía
la cabeza mi madre entre sus manos.
 
Yo era un muchacho que amaba el sol y la tierra
y los gritos de mis camaradas en el soto
y las hogueras en la noche
y todas las cosas que dan salud y amistad
y hacen crecer el corazón.
 
A las cinco del día, en el invierno,
mi madre iba hasta el borde de mi cama
y me llamaba por mi nombre
y acariciaba mi rostro hasta despertarme.
 
Yo salía a la calle y aún no amanecía
y mis ojos parecían endurecerse con el frío.
 
Esto no es justo, aunque era hermoso
ir por las calles y escuchar mis pasos
y sentir la noche de los que dormían
y comprenderlos como a un solo ser,
como si descansaran de la misma existencia,
todos en el mismo sueño.
 
Entraba en el trabajo.
                       La oficina
olía mal y daba pena.
                      Luego,
llegaban las mujeres.
                      Se ponían
a fregar en silencio.
Veinte años.
             He sido
escarnecido y olvidado.
Ya no comprendo la noche
ni el canto de los muchachos sobre las praderas.
Y, sin embargo, sé
que algo más grande y más real que yo
hay en mí, va en mis huesos:
 
Tierra incansable,
                   firma
la paz que sabes.
                  Danos
nuestra existencia a
                     nosotros
                     mismos.
©Antonio Gamonada,
De: Blues Castellano
 

 

 
Caigo sobre unas manos
 
Cuando no sabía
aún que yo vivía en unas manos,
ellas pasaban sobre mi rostro y mi corazón.
 
Yo sentía que la noche era dulce
como una leche silenciosa. Y grande.
Mucho más grande que mi vida.
                              Madre:
era tus manos y la noche juntas.
Por eso aquella oscuridad me amaba.
 
No lo recuerdo pero está conmigo.
Donde yo existo más, en lo olvidado,
están las manos y la noche.
                            A veces,
cuando mi cabeza cuelga sobre la tierra
y ya no puedo más y está vacío
el mundo, alguna vez, sube el olvido
aún al corazón.
                Y me arrodillo
a respirar sobre tus manos.
                            Bajo
y tú escondes mi rostro; y soy pequeño;
y tus manos son grandes; y la noche
viene otra vez, viene otra vez.
                                Descanso
de ser hombre, descanso de ser hombre.
©Antonio Gamonada,
De: Blues Castellano
 
 
 
 
Geología
 
Algunas veces salgo hacia las montañas
a mirar a lo lejos.
 
Piso unas lomas donde tierra vieja
se pone hermosa con el sol y veo
subir la sombra por los cuestos.
                                 Ando
mucho tiempo en silencio.
 
 
Pero hay días que ando por estas lomas,
y miro hacia las montañas,
y ni allí hay libertad.
 
Y me vuelvo. Yo sé bien que es inútil
buscarla como a una llave perdida,
y que también es inútil
mirar al fondo de mi corazón.
©Antonio Gamonada,
De: Blues Castellano
 
 
 
 
Agricultura
 
Qué valdría sin pisadas humanas
esta pobreza que hace crujir la luz.
Qué sería la belleza violenta
del secano sin el corazón cansado
que piensa en él: tierra comida
y mala soledad frente al acero
mural de las montañas.
 
Mirad, es bello y es verdad: arriba,
el cardo blanco y el centeno, ciegos,
vibran junto a los pájaros, y luego
baja la tierra sobre sombras rojas
hasta el poco de agua y los negrillos.
 
Baja roída por el sol, quemada
por el hielo como el rostro humano
quieto y tajado de dolor, que pasa,
mil veces pasa por la tierra, duro,
con la herramienta y el caballo viejo,
seco como su amor, mil veces pasa,
toda la vida mientras dura el día.
©Antonio Gamonada,
De: Blues Castellano
 
 
 
 
II
 
Blues del cementerio
 
Conozco un pueblo –no lo olvidaré–
que tiene un cementerio demasiado grande.
Hay en mi tierra un pueblo sin ventura
porque el cementerio es demasiado grande.
Sólo hay cuarenta almas en el pueblo.
No sé para qué tanto cementerio.
 
Cierto año la gente empezó a irse
y en muchas casas no quedaba nadie.
El año que la gente empezó a irse
en muchas casas no quedaba nadie.
Se llevaban los hijos y las camas.
Tenían que matar los animales.
 
El cementerio ya no tiene puertas
y allí entran y salen las gallinas.
El cementerio ya no tiene puertas
y salen al camino las ortigas.
Parece que saliera el cementerio
a los huertos y a las calles vacías.
 
Conozco un pueblo. No lo olvidaré.
Ay, en mi tierra sin ventura,
no olvidaré a mi pueblo.
 
¡Qué mala cosa es haber hecho
un cementerio demasiado grande!
©Antonio Gamonada,
De: Blues Castellano
 
 
 
III
 
Invierno
 
La nieve cruje como pan caliente
y la luz es limpia como la mirada de algunos seres humanos,
y yo pienso en el pan y en las miradas
mientras camino sobre la nieve.
 
Hoy es domingo y me parece
que la mañana no está únicamente sobre la tierra
sino que ha entrado suavemente en mi vida.
 
Yo veo el río como acero oscuro
bajar entre la nieve.
Veo el espino: llamear el rojo,
agrio fruto de enero.
Y el robledal, sobre tierra quemada,
resistir en silencio.
 
Hoy, domingo, la tierra es semejante
a la belleza y la necesidad
de lo que yo más amo.
©Antonio Gamonada,
De: Blues Castellano
 
 
 
Amor
 
Mi manera de amarte es sencilla:
te aprieto a mí
como si hubiera un poco de justicia en mi corazón
y yo te la pudiese dar con el cuerpo.
 
Cuando revuelvo tus cabellos
algo hermoso se forma entre mis manos.
 
Y casi no sé más. Yo sólo aspiro
a estar contigo en paz y a estar en paz
con un deber desconocido
que a veces pesa también en mi corazón.
©Antonio Gamonada,
De: Blues Castellano

 

 
 

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