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- PATERNÓSTER
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- Por no
desprenderse del muérdago heredado
- del
“estar”, mezclado a los cordones ancestrales
- que
maneja la historia;
- con el
linaje borbotando la antigua sangre,
- el
apetito milenario se enarbola,
-
prolifera entre la miasma
- dejando
por testigo a una carne nueva
- que
renueva y atrapa los nombres.
-
- El trozo
bayuno se hace otro
- para
tener sostén y alivio
- en los
días en que ya no se es.
- De nuevo
es ése,
- el
neófito que despierta,
- el
meyótico que viene a beberse
- la placenta reciclada de tantos
siglos
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INVOCACIÓN
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- De las
infantas –la no olvidada–
- porque
las manos abiertas contra
-
el cabello
- son la
molesta caricia que reclama,
- las
únicas que salpican de sombra
-
esta luz inmediata.
-
- No fue
prevista entre mis poros,
- se
tejieron las migajas hasta
-
formar el cuerpo,
- pero eso
sí, en otras capas,
- con
otros sudores y decires que
-
me son ajenos.
- Su carne
blanda y pálida se bañó
-
de sangre
- entre
otras piernas. Y así,
- saliendo
a la luz tortuosa de gente
-
enmascarada
- se
desgarraron tejidos hasta ponerla
-
en movimiento.
-
- Sin
embargo,
- yo no
soy sólo tiempo de sal o de
-
ceniza,
- hay una
materia inconclusa que
- absorbe
el deseo de atraparla
- hasta
ahorcar esos impulsos
-
perdurables,
- un
requerimiento por la insaciable sed
-
de su voz –llamándome
-
apuñalando el color amargo de la ausencia.
-
- No es
posible no atender
-
su lagrimeo salado
- porque
es el mismo que hoy empapa
-
esta página abierta.
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ESTAR SÍ EN
-
- Los dos
nos vimos, Nietzsche,
- con el
acial apretado
-
que deparaba el tiempo,
-
queriendo desgarrar el santo
-
óbice, para atarle
- a las
bestias salvajes.
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- Lo
hiciste:
- saliste
antes de irte
- para
probar tu antídoto consciente,
- para
romper la gota que mecíate
-
obnubilado.
- La masa
putrefacta no mordía
-
más tus talones,
- la
carcomiste con tu ceño agudo.
-
- Veámonos
ahora, Nietzsche
-
encontrémonos,
- ya me he
despojado de la punza
-
imaginaria
- que me
desangraba por las noches.
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- NOCTÍVAGOS
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- Mientras
el álgico vientre
- retuerce
su mandíbula entre las sábanas,
- los que
siempre han sido de noche, lo son,
- ahora
que en la negrura
- se
yergue una virgen acéfala
- sobre
sus cráneos.
-
- La
fogata de los desperdicios diurnos arde,
- desplaza
el peso de las sombras
- frente a
sus espaldas,
-
prensadas de un ojo estrafalario,
- que lo
intuyen a él
-
- el que suda la ausencia de un
sedante
- sin
arremeter las filosas puntas de lo indeseable-.
-
- Yo,
desde adentro, también lo intuyo,
- con sus
pasos confusos,
- atajando
el espacio,
- los
bordes danzantes de una plaza
- que se
escabulle cuando amanece.
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- AEDES
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-
- Váyase a
saber de su insolencia
-
quejumbroso díptero de larvas.
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-
Cualquier exclamación es nula:
- retuerce
su aguja delgada
- y zapa
las pieles dormidas
- cuando
los gritos se oyen
-
desde atrás
-
–allí
- en la
doliente realidad del sueño.
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-
- Y es el
imán
-
–sangre de zumos innombrables
- breve
sustento
- para el
vampiro aminorado.
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-
- Me niego
a la calma
- –Yo,
- arácnido
imperfecto
- hasta
juntar mis manos
- sobre su
carne.
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SIGNUM ETERNUS
-
- Vetusta
manía
- de
insípida flema que acalambra
- o, más
bien,
- que deja
estática la nada
- para
escuchar los ronroneos
-
escondidos tras la puerta.
-
- Y,
aunque frágil,
-
mordaz el molde
- ovoide
penumbra que alumbra
- en su
vestido blanco.
- Poquedad
de saberse cierta
- certeza
de saberse poca:
- pulula
el vómito
-
-frote chirriante del dedo
-
en la garganta-.
-
- Acorde
agudo, como contra,
- seña
nula para el meticuloso,
- para
la familia que engendra
- raído
velo entre las manos:
-
-insomnes maniquíes
-
vigilando el paso alcohólico,
- la
flamante gota híspida-.
-
- Audaz
camino
-
el vértigo,
- como
plenitud desierta
- que se
abre ante los cuerpos.
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-
POPOGATEPE
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-
Que hiciéronme salir:
-
viejas las manos
-
desnudas de una vieja
-
desgarrando uñas
-
en los dientes azulados del
ancho cono.
-
Nadie
-
si las cabezas se alzarían
indómitas
-
o si los cuerpos vendrían
vomitados
-
en su propia sangre
-
supo ya.
-
-
Y en sus espadas
-
pezones fracturados
-
tendones opacados de
su lepra
-
como insulsa llama roída
-
flama blancuzca en su punto más
álgido.
-
Provocación unísona hacia el
vahído
-
a amontonar sus huesos
-
entre mi vientre
-
terco emblema
-
de rocas y de fuego.
-
-
Voluntad estéril
-
ésta
-
que baja desde los pueblos blancos
-
despertando la danza nocturna
-
cuita obstinación
-
o sagacidad innata
-
hasta entrar aquí
-
donde el hombre ha sido uno
-
en su fragilidad existente.
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-
Y verme
-
hermana del guardabarranco
-
y del venado
-
vestida de intangible
-
como espectro eterno en sus
cabezas:
-
sospecha de libertad
-
opacada por el miedo.
-
Disposición de unos ojos
moribundos
-
al que todo lo cura,
-
al que cura sin medicina:
-
como peripatéticas fusiones
doctrinarias
-
que han sepultado mi nombre.
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-
NOTA FINAL
-
- Junto al escrótico abismo. Así
nos vimos,
- como exactitud humeante
- que tambalea su existencia
ante la nada.
-
- Mientras abajo
- el pulpo ansiado de carne
- carcomía huesos,
- nosotros,
- zambullidos en el aqueje,
- saboreamos
- la ininterrumpida gana de
vacío:
- aquélla,
- la kunderiana atracción
vertiginosa
- o magnetismo hondo
-
- -agua que no se negara nunca
- a la pupila palpitante
- del conciente animal
etéreo-.
-
- No hubo más que decir,
- sólo el pez agazapado en la
garganta
- que intenta escape
- y no resiste;
- agotamiento ineludible
- al que veloces llegamos
- como si desde allí,
- desde el inicio,
- supimos el momento
- y lo ansiamos.
-
- Nunca el miedo
- como una masa perseguida por
Erinias
- en la sombra de la noche,
- apoderósenos,
- cuando erguidos sobre la alta
cima
- quisimos despeñar los cuerpos
- hasta ahogarlos en
salitre.
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