Ana Gabriela Padilla

 

Antología poética

 

 

PATERNÓSTER
 
 
Por no desprenderse del muérdago heredado
del “estar”, mezclado a los cordones ancestrales
que maneja la historia;
con el linaje borbotando la antigua sangre,
el apetito milenario se enarbola,
prolifera entre la miasma
dejando por testigo a una carne nueva
que renueva y atrapa los nombres.
 
El trozo bayuno se hace otro
para tener  sostén y alivio
en los días en que ya no se es.
De nuevo es ése,
el neófito que despierta,
el meyótico que viene a beberse
la placenta reciclada de tantos siglos
 
 
 
 
 
 
INVOCACIÓN
 
De las infantas –la no olvidada–
porque las manos abiertas contra
                                    el cabello
son la molesta caricia que reclama,
las únicas que salpican de sombra
                       esta luz inmediata.
 
No fue prevista entre mis poros,
se tejieron las migajas hasta
                          formar el cuerpo,
pero eso sí, en otras capas,
con otros sudores y decires que
                             me son ajenos.
Su carne blanda y pálida se bañó
                            de sangre
entre otras piernas. Y así,
saliendo a la luz tortuosa de gente
                              enmascarada
se desgarraron tejidos hasta ponerla
                               en movimiento.
 
Sin embargo,
yo no soy sólo tiempo de sal o de
                                ceniza,
hay una materia inconclusa que
absorbe el deseo de atraparla
hasta ahorcar esos impulsos
                              perdurables,
un requerimiento por la insaciable sed
                     de su voz –llamándome
apuñalando el color amargo de la ausencia.
 
No es posible no atender
                        su lagrimeo salado
porque es el mismo que hoy empapa
                      esta página abierta. 
 
 
  
 
 
ESTAR SÍ EN
 
Los dos nos vimos, Nietzsche,
con el acial apretado
          que deparaba el tiempo,
queriendo desgarrar el santo
                 óbice, para atarle
a las bestias salvajes.
 
Lo hiciste:
saliste antes de irte
para probar tu antídoto consciente,
para romper la gota que mecíate
                        obnubilado.
La masa putrefacta no mordía
                           más tus talones,
la carcomiste con tu ceño agudo.
 
Veámonos ahora, Nietzsche
encontrémonos,
ya me he despojado de la punza
                          imaginaria
que me desangraba por las noches.
 
 
 
 
 
 
NOCTÍVAGOS
 
 
Mientras el álgico vientre
retuerce su mandíbula entre las sábanas,
los que siempre han sido de noche, lo son,
ahora que en la negrura 
se yergue una virgen acéfala
sobre sus cráneos.
 
La fogata de los desperdicios diurnos arde,
desplaza el peso de las sombras
frente a sus espaldas,
prensadas de un ojo estrafalario,
que lo intuyen a él
- el que suda la ausencia de un sedante
sin arremeter las filosas puntas de lo indeseable-.
 
Yo, desde adentro, también lo intuyo,
con sus pasos confusos,
atajando el espacio,
los bordes danzantes de una plaza
que se escabulle cuando amanece.
 
 
 
 
 
AEDES
 
 
Váyase a saber de su insolencia
quejumbroso díptero de larvas.
 
 
Cualquier exclamación es nula:
retuerce su aguja delgada
y zapa las pieles dormidas
cuando los gritos se oyen
                                desde atrás
          –allí
en la doliente realidad del sueño.
 
 
Y es el imán
  –sangre de zumos innombrables
breve sustento
para el vampiro aminorado.
 
 
Me niego a la calma
–Yo,
arácnido imperfecto
hasta juntar mis manos
sobre su carne.
 
  
 
 
 
SIGNUM ETERNUS  
 
Vetusta manía
   de insípida flema que acalambra
o, más bien,
que deja estática la nada
para escuchar los ronroneos
escondidos tras la puerta.
 
Y, aunque frágil, 
       mordaz el molde
ovoide penumbra que alumbra
en su vestido blanco.
Poquedad de saberse cierta
certeza de saberse poca:
pulula el vómito
        -frote chirriante del dedo
                       en la garganta-.
 
Acorde agudo, como contra,
seña nula para el meticuloso,
   para la familia que engendra
raído velo entre las manos:
         -insomnes maniquíes
vigilando el paso alcohólico,
    la flamante gota híspida-.
 
Audaz camino
                        el vértigo,
como plenitud desierta
que se abre ante los cuerpos.   
 
 

 

POPOGATEPE
 
Que hiciéronme salir:
viejas las manos
desnudas de una vieja
desgarrando uñas 
      en los dientes azulados del ancho cono.
Nadie
si las cabezas se alzarían indómitas
o si los cuerpos vendrían vomitados
en su propia sangre
 supo  ya.
 
Y en sus espadas
          pezones fracturados
             tendones opacados de su lepra
como insulsa  llama roída
 flama blancuzca en su punto más álgido.
Provocación unísona hacia el vahído
a amontonar sus huesos
entre mi vientre
terco emblema
de rocas y de fuego.
       
Voluntad estéril
ésta
que baja desde los pueblos blancos
despertando la danza nocturna
cuita obstinación
o sagacidad innata
hasta entrar aquí
donde el hombre ha sido uno
en su fragilidad existente.
 
Y verme
hermana del guardabarranco
y del venado        
vestida de intangible
como espectro eterno en sus cabezas:
sospecha de libertad
opacada por el miedo.
Disposición de unos ojos moribundos
al que todo lo cura,
al que cura sin medicina:
como peripatéticas fusiones doctrinarias
que han sepultado mi nombre.
 
 
 
 
 
NOTA FINAL
 
Junto al escrótico abismo. Así nos vimos,
como exactitud humeante
que tambalea su existencia ante la nada.
 
Mientras abajo
el pulpo ansiado de carne
carcomía huesos,
nosotros,
zambullidos en el aqueje,
saboreamos
la ininterrumpida gana de vacío:
aquélla,
la kunderiana atracción vertiginosa
o magnetismo hondo
 
 -agua que no se negara nunca
    a la pupila palpitante
     del conciente animal etéreo-.
 
No hubo más que decir,
sólo el pez agazapado en la garganta
que intenta escape
y no resiste;
agotamiento ineludible
al que veloces llegamos
como si desde allí,
desde el inicio,
supimos el momento
y lo ansiamos.
 
Nunca el miedo
como una masa perseguida por Erinias
en la sombra de la noche,
apoderósenos,
cuando erguidos sobre la alta cima
quisimos despeñar los cuerpos
hasta ahogarlos en salitre.      

 

 
 

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