Alexis Gómez Rosa

 

Antología segunda
 
 

 

 
Ferryboat de una noche invertebrada
 
Hacia el final de tus latidos,
el ferryboat corta la rosa de los vientos,
entre otras amputaciones y cicatrices
frente a la noche de un solo temblor.
En el ojo izquierdo: 
                                 pulso de águila,
guardo pequeñas travesías
que en tu cuerpo se pierden,
y hace olvido,
                      porque nuevos naufragios
el ojo derecho inicia  y te bendice
señora,
            por altas planicies
menos mía,
                   que el vaivén sobrecogido
en tu piel que delira y adormece
los sentidos.
                    Aprendiz de brujo,
te observo y me extravío
por tu fosforescente desnudez;
más lírica cuanto más te abandonas;
sorprendida,
                   y en la lengua te anudas
con un prontuario inútil
de sílabas líquidas,
                               entrecortadas,
como si en ellas se borraran
tus párpados de amarilla enfermedad,
y el mar y su infinito sombrío
que alimentaran
su inequívoco paisaje.
 
 
 
 
Animal hecho de la materia prima
de la muerte.
                     Sobre tu cuerpo la noche
avanza mi palabra en el tiempo,
el ferry muge anclado bajo el bostezo
de los astros:
                     el agua parlanchina
que intercambia el cifrado mensaje
de tu elocuencia danzaria.
Mujer,
             manantial de niebla, trampa
del paraíso.
                   Gime tu piel en su castillo
el día,
              se levanta intranquilo
ante  tus ojos narcóticos
de contracción sedienta, irredimible.
En ellos cabe la urdimbre
de la incontinencia y del desasosiego,
el tránsito del amor en la ciudad
donde sangra,
el sol de tu quimera.
 
 
 
Paraíso interior
 
Estas palabras pretenden (pretendieron)
ser una carta.
                Las concebí y almacené y ahora
las asumo como labios, dentadura, como
lengua vacía. 
                      Una carta cuyo lenguaje
se articula aproximando música y saudades;
testimonios, fugas y desnudeces
de tu ilusión mejor.
 
Una carta sin fecha porque nació
fuera del tiempo,
                           en la edad de la palabra
que ilumina el asombro de ver en la Osa
Mayor, un archipiélago donde fundar
nuestro animal deseo:
                                   la carne atada
en los disturbios del mundo.
 
Lancero de mi batalla interior,
más bien pienso que te voy a escribir
y en su lugar se construyen nichos, cárceles,
laberintos, 
                    o escaleras que remiten
al noveno círculo del infierno,
que acerca sus muñecas violadas,
su perfume podrido.
                       Si escribiera con palabras,
con lúcidas y sentidas palabras,
 
 
 
una cascada de sonidos multicolores
me inundaría como si fueran peces,
como si fuera espuma,
                                  como si fueran nubes
capitaneadas por un recóndito fulgor.
Escribo con el cuerpo  allá el ojo
que va y viene,
                      unísono en el latir 
que corresponde a tu ausencia viscosa,
nido de hormigas,
                          escribo con los días
y la sal de mi condena.
 
Extranjero ante tu relieve volcánico,
inmarcesible, en ti soy la idea fija
de tus pulsaciones,
                          el corazón de la hora
porvenir,
              babeando una erección
de porcelana.
Estas palabras que pretendieron
ser una carta,
                     las guardé para desatar
tu geometría, decorar la noche
de tu cuerpo;
              las guardé paraíso ultramarino
para reducirme a ese cuello de ámbar,
arrimado a un temblor.
 
 
 
Ausencia de Guarina Rodríguez
 
Llueve con tristeza sobre las cuatro  de la tarde.
Llueve sobre el hueco que debió
ilustrar tu cuerpo de palisandro, inaprehensible,
donde terminaran mis manos a horcajadas.
Llueve rápido, ruidoso, con sentimiento de ruinas. 
Llueve aquí en mi corazón trapecista,
porque tu credo se mueve al son de otra basílica,
de otras empobrecidas mareas.
Llueve cal, salitre o arena ante tu indefensión
de ultramar, el ferryboat guarda en tus ojos
un arcoiris de gelatina bueno y válido
para el próximo escalofrío.
Llueve  con mucho feeling, de ahí ahí,
entre los pliegues de tus sabanas acalambradas.
(Las sabanas que guardan
las miserias del ultimo inquilino).
Llueve, con frecuencia modulada, una minuta
del verano en tus muslos, en tus caderas.
 Llueve un sarampión de agujas ebrias,
 imantadas, paralelo a tu sueño deshecho
en cama de tormenta. Llueve de abajo
hacia arriba hasta cubrir tu nombre,
hasta borrarlo. Llueve a cántaros entre los hilos
del contestador telefónico, digo el silencio,
la censura, la telaraña.  Llueve con mala fé,
con mala leche. Llueve a intervalos nones
sobre una cadena de ceros tautológicos
en el mar de tu angustia sin fin. Llueve a tono
con tu miedo de lagartija de ojos saltones,
saltarines, sal si puedes. Llueve lujuria, delirio,
frenesí: esto da sexo por todas partes.
 
 
 
 
Llueve  muy hondo, en voz baja, sin límites
ni comentarios marginales. Visto y comprobado
el caso, llueve contra tus senos meditabundos,
huraños y convincentes, que huyen bajo
una blusa de pecados mortales. 
Llueve ausencia contra el reloj
de arterias imperfectas.
Llueve con prosapia de Caribe aborigen.
 
 
 
 
Matapasión
 
A mi frágil edad
de animal sentimiento,
todo, verdaderamente
converge: la razón,
la enfermedad,
la muerte misma.
 
Por ti perdí la razón
en afluentes lastimeros:
una muerte mecánica,
sin pausas ni horizontes,
me destinaron
como última ganancia.
 
Sin embargo el amor
que por tus ojos llega
(llegó), luz ha puesto
en la casa
y en la sangre,
haciendo más visible
la oscuridad
que arropa el tambor
de mi agonía.
 
Centro del mundo
el esplendor de tu deseo,
(d)escribe consustanciado
al olvido,
los delitos de un cuerpo
que ofrece su cabeza.
 
 
 
Clandestinos
 
Los amantes de mi tiempo,
los de la última tanda,
su amor entrado en carne derramaron
por el otoño dormido, en el otoño
recobrado.
 
En el trópico íntimo de una playa
nocturna, o en la ilusión de metrópolis
del malecón al filo de la madrugada.
 
En el huracán sin ruta
de una cita automovilística,
asi en el  jacuzzi amable de aguas
efervescentes aún más amables.
 
En el happy hour del piano bar
del Jaragua su luna, o en el perfume
acuartelado de un suspiro
en un hotel de chinos.
 
En el cinema invierno de las 9: 15
allá un film de Visconti6
o en el revival glorioso de una cafetería
de l   Conde, de alucinante ideología,
o en el palco rojo de un estadio
de béisbol.
 
En el tiempo petrificado de un museo
de la ciudad colonial,
_________________
6. Luchino Visconti 1906-1976. Director de  teatro  y  de cine italiano dueño de una obra cinematografica cargada de extraordinario lirismo y fuerte denuensia social-
 
 
 
o en la planicie litúrgica de una iglesia
de la misma ciudad.
 
En las convocatorias rock
de la fortaleza Ozama;
dígase igual: en los jazz session
de la fortaleza Ozama.
 
En el colorido mágico
de las ferias del Parque Colón,
o en las comparsas bullangueras
del carnaval los diablos y la muerte.
 
Guarida hicieron allí los amantes
de mi tiempo.
Nosotros, los sobrevivientes,
los de la hora del perro,
amor hicimos mordiéndonos la cola,
dejando caer sobre el mar
de lo imposible,
las babitas del deseo.

 

 
 
 
 

Copyrigh© todos los derechos reservados por el autor