Alberto López  

Antología poética

 
 
MI ROSA

Mi rosa es de las blancas, quisquillosa,
de las que no reparan en ser puras.
Es de esas que incomodan, silenciosa,
y usan siempre las mismas vestiduras.

Es de las que sus pétalos, undosa,
mueven al viento en propias aventuras.
Es rosa que impasible y azarosa
sonríe con espina en sus honduras.

Hondo el color de su insistencia muda
a la pregunta de por qué desnuda:
mueve el hombro, sonríe y se rehúsa.

¡Cómo explicar la rosa que nos nace
y mucho menos lo que hacer nos hace!
Tengo la rosa blanca por excusa.

 
 
 
LA SEÑAL
 
¿Quién sabe dónde está lo que anhelamos?
Quizá distante como estrella cruda;
transparencia, quizás, que se desnuda
y en sus manos de luz no reparamos.
 
¡Tan sordos a la voz del día estamos?
El alba danza cálida y saluda
bella en sus dedos y en sus labios muda,
y nosotros los signos no atisbamos.
 
¿Y qué esperamos ver frente a nosotros?
¿La luz del día en gritos que nos llama?
¿Si confundimos la señal de otros?
 
Triste será la noche solitaria
al descubrir la luz que fue emisaria
y, ciegos, no supimos ver su llama.
 
 
 
 
PIOJOS
 
Cuando en nosotros piojos la cabeza
hospedaba, gustábamos las horas
en que las manos muy exploradoras
nos arrancaban sumas de pereza.
 
En la escuela, carentes de destreza,
las maestras nos daban revisoras
cartas con las sentencias electoras.
Nuestras madres, con gran delicadeza,
 
amarraban pañuelos con veneno
en los despelucados, pegajosos
cabellos de nosotros. Tanto freno
 
se buscaba, que noche y día, ociosos,
sobre nos un pañuelo en muerte pleno,
sin bañarnos, portábamos celosos.

 

 
LOS CANALES DE RIEGO
 
Los canales de riego siempre fueron
irresistible tentación bañista.
Corría amable voz veloz y lista
que el agua en el canal ya la pusieron.
 
Pronto acudíamos al baño todos
los niños en tropel con calzonetas
y desnudos niñitos de indiscretas
partes, pero a gozar, de todos modos,
 
en la alegre corriente que pasaba.
Con bateas llegaban las señoras
igual de presurosas. Se lavaba
 
la ropa como nuestro cuerpo hermoso,
que gozaba del agua hasta por horas
nadando y chapoteando en alborozo.
 
 
 
 
INSTANTE
 
Se marchitan, las flores se marchitan.
La gloria nunca ansíes, es tan breve
que en el deleite de un suspiro leve
se marcha. Nunca elogios que te invitan
 
a ufanarte, bien sabes que transitan
la eterna sombra del doblez. Si llueve
dicha en tus manos, si el placer te mueve
la voz, las seducciones se te agitan.
 
No busques ser la flor, sino su aroma.
Se debe el cuerpo al tan vital aliento.
Un árbol es raíz que poco asoma.
 
No seas cima, busca ser cimiento.
No busques ser el libro, sé su idioma.
La eternidad nunca es más que un momento.
 
 

 

VAMOS A VER…
 
A la luz te has vestido de esmeralda
y púrpura los pétalos. Fragancia
madura que revive la sustancia,
cargando la hediondez sobre la espalda.
 
Desde el rostro del día hasta la falda,
tu verde y purpurina son constancia.
Vamos a ver, muchacho, qué ganancia
deja bajo tus pies quien todo salda.
 
La rosa que temprana es esplendente
por la tarde es basura simplemente,
y nada es a la sombra de la luna.
 
Gocemos la esmeralda en tu vestido
antes de que, muchacho, estés perdido,
deshojado y marchito en tu fortuna.
 
 
 
 
 
LAS HOJAS
 
El rumbo de las hojas, ¿quién lo sabe?
Ni el árbol que les dio la vida entera.
Sólo vagan, sin rumbo ni frontera,
hasta que el viento su volar acabe.
 
Van por los aires como triste nave
sin saber el final de la quimera.
Obviando su presencia pasajera,
resuelven su camino en cada clave.
 
La vida... La recogen del momento.
Llevar se dejan leves por el viento
siendo el día la fuente y el ocaso.
 
Contenidas y libres en la brisa,
las hojas por llegar no tienen prisa
y nombran su camino en cada paso.
 
 
 
 
PINO
 
Ha de partir mi cuerpo de esta tierra
y ¿qué será del Alma en ese viaje?
Ha de buscar en verde su ropaje
para quedarse verde en la alta sierra.
 
Un alto y verde pino que se entierra
con sus raíces al verdor del traje,
en estío e invierno su boscaje,
hondo en sus ramas el verdor se aferra.
 
Sin cuerpo, ha de volver mi Alma en pino
que en la cumbre se eleve y, verde y fino,
ha de lucir su rostro en la espesura.
 
Viaje del alma en busca de la hondura
que le lleve a surgir como alto pino
y quede siempre verde allá en la altura.
 
 
 
TIEMPO
a José Ábrego
¿Y quién ha de escaparse de la arena
que de cono a cono anda en hilo fino?
Grano a grano se marca con gran tino
cuándo inicia la senda y cuándo frena.
 
Se ha de cruzar la rigurosa pena,
pero también hay vida en el camino,
en el cuerpo, en los ojos y en el vino,
y en las manos la vida libre y plena.
 
Llegará, hermano, el día de ese juicio,
y ya sabemos qué es lo más propicio,
la dicha haber en cada instante andado.
 
En la carne y el vino es la respuesta
y cuando se haya que bajar la cuesta,
se habrá la vida en goce consumado.
 

 

AMOR ES...
 
Amor es el violín del universo
que canta al borde de un despeñadero.
Amor es el espanto pasajero
que se vuelve inmortal en cada verso.
 
Amor es el estuche medio terso
que deshiela campanas en febrero.
Amor es dulce lágrima y salero
que vuelve irremediable lo perverso.
 
Amor será, quizás, algún reflejo
de un beso-torbellino, y no me quejo
si al menos me tropiezo en su pasillo.
 
Sea ascensor o bien oscuro pozo,
amor es todo paso sudoroso
que baila con el triste son de un grillo.
 
 
 
 
DULCE JOVEN
para Alfredo Espino
 
¿Cómo celebraré, liras doradas,
al más bello cantor de la campiña?
Voy a trenzarte en un laurel que ciña
las rosas de las Piérides sagradas.
 
Blandos y amenos prados tus labradas
tiernas manos celebran y la riña
del agua con la tierra a ser quien tiña
con más altos colores las miradas.
 
Me deleitas, me amas y me arrullas
con las más melodiosas flores tuyas
que juntas, dulce joven, dondequiera.
 
Ahora quiero ser quien te celebra
y te junta de flores, hebra a hebra,
la más bella corona en la pradera.
 

 

 
CARMEN
a Claudia Lars
 
Línea robusta y luminosa huella,
voz pastoril del universo dueña;
pulso en los labios como el santo y seña
tejiéndose en la sangre la querella.
 
Eres, ante el asombro de luz bella,
Eva que se adelanta y se despeña;
y en tu pecho de pájaro que sueña
un vibrar de luciérnagas se estrella.
 
Yo te canto con un encantamiento
bajo la puerta que me dio su aliento.
En mi tierra hay estrellas, oh cantora,
 
que brotan iniciales y, descalzo,
yo te veo a los ojos mientras alzo
mi mano ante tu luz, mi Gran Señora.
 

 

COMPAÑERO
a Walt Whitman
 
Bello pastor del cántico liberto,
silvestre voz feliz del verso crudo,
también adoro al hombre que desnudo
nada en el río con latido abierto.
 
También sé que me adoras y lo advierto
en tu insondable carne que, a menudo,
está tumbada sobre el pasto mudo
viendo nadar mi cuerpo descubierto.
 
¡Oh compañero, abrasa mi locura,
yo abrazo tus caderas y cintura
que, libres, sin cesar, como cualquiera,
 
se entregan al placer desenfrenadas.
Oh amante de robustos camaradas,
también yo te amo a ti, como a cualquiera.
 

 

CANTO PERFECTO
a Raúl Contreras
 
Cuando oíste la voz de la señora
de sombras, sin palabras, ¿qué dijiste?
¿Del alba qué remanso perseguiste
en el paso veloz que se demora?
 
¿Qué señal de partida fue la aurora?
Tu luz de estrella, sin abrir, abriste.
De tu nieve encendidas brasas viste
en brazos de la amiga segadora.
 
La amiga que vigila en la ventana
y nuestro nombre gritará mañana.
El pulso eterno que te abrió la puerta
 
y en sus grietas la luz veo filtrada.
Canto perfecto de la voz cerrada,
yo soy aún el de la voz abierta.
 
 
 
OTRO SONETO
 
Decir tu nombre en este llano verso
sería dar el nombre del sentido.
Hacerlo en el tercero es muy adverso,
pues todo ya estaría cometido.
 
Ni quiero verme en grande lío inmerso
si en el sexto dijera lo prohibido.
Por más que de esta voz busque reverso,
acabo otro cuarteto a lo debido.
 
Y no es que busque freno para el canto,
pero acaso yo busco ser discreto,
y esta voz te publica a todo encanto.
 
En doce versos nada es ya secreto
para tus ojos que me ocupan tanto;
y qué más da, te tengo otro soneto.

 

 
 

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